El otro día me preguntaron si siempre escribía el mismo tipo de novelas. En aquel caso, se refería a ficción histórica. Le dije que no, que dependía de cada vez que empezaba. Esto podía suponer un pequeño inconveniente ya que el público parece esperar algo muy parecido a lo que ya encontró la última vez que leyó a un autor. Y lo veo tan lógico como lógico me resulta no ceñirme a uno de los múltiples apellidos que se le pone a la literatura (negra, histórica y un largo etcétera).
Pero, en realidad, estuve torpe en la respuesta.
Porque sí que es cierto que siempre escribo el mismo tipo de novela. O lo intento al menos. Escribo novela de personajes. Ese es mi sello (creo y espero).
¿Y qué es novela de personajes? Se preguntará alguien. ¡Todas las novelas tienen personajes!
Pues (y esta es mi definición y no tiene por qué coincidir con la de nadie más), es la novela que se centra más en los personajes que en las situaciones o acciones; en sus miedos, sus fobias, sus alegrías, sus relaciones, su sufrimiento y su alegría; las novelas que, independientemente del contexto histórico, estén en medio de una investigación criminal o viajando a través del tiempo, se centran en la gente real. En sus pasiones y aversiones, en sus vilezas y en sus noblezas.
O sea que corrijo mi respuesta: Sí, es verdad, siempre escribo el mismo tipo de novela. Lo que cambio son los escenarios.
Novelas de personajes. O, mejor todavía: de gente común.