domingo, 11 de noviembre de 2018




Admiro mucho a los teóricos literarios y a los filósofos. Y si mezclan ambas cosas, para qué contarte. Admiro su capacidad de retención, su don para asimilar toda clase de teorías; admiro y envidio su modo de explicar cada texto desde puntos de vista que ni siquiera sé exponer aquí (esa destreza para argumentarlo todo también la envidio profundamente).

A veces me planteo que quizá debería tratar de aprender todo lo posible de ellos antes de volver a escribir. 

Y no está mal lo de aprender cuanto más mejor. Eso siempre está bien.

Pero no puedo evitar pensar en cómo siento yo la escritura desde este peldaño en lo bajo de la escalera de la literatura, donde ni siquiera llego a divisar los talones de esos que poseen tan vasto conocimiento.

Y pienso que la literatura, a la hora de escribir, no es eso. O no es solo eso.

Pienso que no me puedo poner a escribir pensando en Bertran Russell o en Schiller. Entre otras cosas porque no los conozco; pero también porque no me puedo sentar a pensar en aplicar tales o cuales teorías cuando escribo. No todo puede ser tan cerebral (y lo piensa un informático), escribir ha de ser algo más visceral, algo que te remueva las tripas. Un virus contagioso que parasite en el momento de escribir todo el ser del autor y, así, pase a la página y desde ahí contagie al lector.

Está muy bien la teoría literaria, la filosofía de la literatura. Todos los estudios y ensayos sobre la belleza. Envidio a los que son capaces de hacerlo. Pero creo sinceramente que, a la hora de crear, todo eso no son más que obstáculos, artificios que, de estar pendiente de utilizarlos, podría ser una señal de falta de creatividad. 

Pero, claro, si algún teórico acaba leyendo esto podría decirme que estoy muy equivocado. Y admitiría estarlo, y hasta ser convencido de todo lo contrario a lo aquí expuesto.

Si de algo soy consciente, es de mi ignorancia.


sábado, 3 de noviembre de 2018

Leí hace poco que las librerías de segunda mano dan una nueva vida a muchos libros. Es cierto. Un amigo encintró a Amy Hempel en una y se acordó de mí. Abre uno el libro y se encuentra con esta primera frase. Hace mucho que debí volver a AH. Gracias Fulgen.