domingo, 11 de noviembre de 2018




Admiro mucho a los teóricos literarios y a los filósofos. Y si mezclan ambas cosas, para qué contarte. Admiro su capacidad de retención, su don para asimilar toda clase de teorías; admiro y envidio su modo de explicar cada texto desde puntos de vista que ni siquiera sé exponer aquí (esa destreza para argumentarlo todo también la envidio profundamente).

A veces me planteo que quizá debería tratar de aprender todo lo posible de ellos antes de volver a escribir. 

Y no está mal lo de aprender cuanto más mejor. Eso siempre está bien.

Pero no puedo evitar pensar en cómo siento yo la escritura desde este peldaño en lo bajo de la escalera de la literatura, donde ni siquiera llego a divisar los talones de esos que poseen tan vasto conocimiento.

Y pienso que la literatura, a la hora de escribir, no es eso. O no es solo eso.

Pienso que no me puedo poner a escribir pensando en Bertran Russell o en Schiller. Entre otras cosas porque no los conozco; pero también porque no me puedo sentar a pensar en aplicar tales o cuales teorías cuando escribo. No todo puede ser tan cerebral (y lo piensa un informático), escribir ha de ser algo más visceral, algo que te remueva las tripas. Un virus contagioso que parasite en el momento de escribir todo el ser del autor y, así, pase a la página y desde ahí contagie al lector.

Está muy bien la teoría literaria, la filosofía de la literatura. Todos los estudios y ensayos sobre la belleza. Envidio a los que son capaces de hacerlo. Pero creo sinceramente que, a la hora de crear, todo eso no son más que obstáculos, artificios que, de estar pendiente de utilizarlos, podría ser una señal de falta de creatividad. 

Pero, claro, si algún teórico acaba leyendo esto podría decirme que estoy muy equivocado. Y admitiría estarlo, y hasta ser convencido de todo lo contrario a lo aquí expuesto.

Si de algo soy consciente, es de mi ignorancia.


sábado, 3 de noviembre de 2018

Leí hace poco que las librerías de segunda mano dan una nueva vida a muchos libros. Es cierto. Un amigo encintró a Amy Hempel en una y se acordó de mí. Abre uno el libro y se encuentra con esta primera frase. Hace mucho que debí volver a AH. Gracias Fulgen.

martes, 9 de octubre de 2018


Hace meses que este blog guarda silencio, que es casi como decir que yo guardo silencio (más o menos). También hace meses que no escribo y lo cierto es que no lo he echado demasiado de menos. O sea, que según esa gente que dice que no eres escritor si puedes pasar un día entero sin escribir, según esos para los que escribir es como respirar, no soy escritor. Bueno, tienen razón, aunque no por esos motivos, sino por otros que ya se han expuesto antes en este blog sobradamente.

El caso es que no he sentido necesidad de escribir, ni de reflexionar sobre la escritura. He tenido (y tengo) la mente ocupada en otros asuntos que, aunque se sorprendan los del respirar y el escribir, son más importantes (o a mí me lo parecen).

Y esto, paradójicamente, me lleva a reflexionar sobre la escritura. Y pienso en los escritores atormentados; pienso en Bukowski y su forma de vida y me pregunto qué necesita cada cual para escribir. Yo, por ejemplo, no podría llevar la vida de Bukowski y escribir, no podría llevar la vida de los escritores de la generación Beat y escribir. Tampoco creo que hubiera podido llevar la vida de Bolaño y escribir. Yo necesito una "paz interior" que no me lleve la mente a problemas ajenos a la escritura para sentarme a escribir.

No sé, quizá cuando alguien lleva vidas como aquellas y está dispuesto a desnudarse, salen grandes obras como las que ellos escribieron.

Y yo, al fin y al cabo, solo soy un informático que escribe.

Mientras haya calma.

miércoles, 29 de agosto de 2018




Ya han sido varias las veces en las que alguien me ha puesto en un aprieto al preguntarme por el compromiso social del escritor. O, más concretamente, por mi compromiso social como informático que escribe. 

La pregunta suele ser si yo, al escribir, tengo en cuenta el compromiso social, la igualdad de género o cualquier otra lucha loable por mejorar nuestra sociedad. Y, como ya me propuse hace un tiempo que todo esto trataba de honestidad, siempre tengo que decir que no. 

Y, la verdad, esto me hace quedar como el culo, así que he decidido reflexionar sobre este asunto y este es el lugar para apuntar mis pensamientos. 

Lo primero que me pregunto es si un escritor ha de ser socialmente comprometido para ser un buen escritor. ¿Ha de serlo? Yo creo que hay grandes escritores que no lo son o nunca lo fueron. (Que cada uno se ponga sus propios ejemplos porque yo no quiero meterme en más jardines) 

Lo segundo que me planteo es sobre el modo en el que se suele hacer la pregunta: “¿Tú, cuando escribes, tienes en cuenta la igualdad de género?” (por ejemplo). 

Podría contestar que mis mejores personajes son mujeres, que pienso incluso que las suelo tratar mejor que a los personajes masculinos; podría decir que he escrito sobre mendigos y sus sentimientos y los he retratado con una humanidad con la que no solemos mirarlos cuando piden en la calle. Podría incluso decir que escribí un personaje, mujer para más señas, que pasa de llamarse Victoria a Libertad y que liga su suerte a la de la República contra el fascismo. 

Y nada de esto sería falso. 

Pero ante la pregunta, “¿piensas en la igualdad de género/clases cuando escribes?” tengo que contestar la verdad: No. 

Escribo novela. Supongo que en la poesía sería algo muy distinto. Pero yo escribo novela y, según mis propias palabras, escribo novelas de personajes. Lo que yo me planteo cuando comienzo a pergeñar una novela no es qué causa voy a defender, sino qué personajes voy a contar. Esto es así, lo primero que me suele surgir son los personajes, antes incluso de qué es lo que van a hacer esos personajes. Y luego, podré escribir personajes depravados o adorables; pero solo según qué me haya propuesto contar. 

¿Me hace esto menos comprometido socialmente, más machista? No voy a defenderme aquí de esto. Soy lo comprometido/machista que soy. Trato de ser buena gente y soy consciente de que tengo un amplio margen de mejora. Pero esto ya es parte de mi vida, no de mi obra. 

Creo, por otra parte, (y lo copio de una entrada anterior) que el escritor debe estar detrás de sus libros, no delante. Que el escritor no importa, importa su obra. Y creo que todo este mundo 2.0 está desvirtuando eso mucho. 

Fijémonos en los grandes libros, no en quién los escribió.

miércoles, 1 de agosto de 2018



De vez en cuando me encuentro un libro que me frustra. Y no es porque no me guste, todo lo contrario; es porque me parece demasiado bueno; tanto que me hace pensar que la mayoría de los libros no merecen la pena ser publicados, ni siquiera escritos. No si no llegan a este nivel. Y yo soy consciente de que nunca llegaré a ese nivel. De ahí la frustración. De ahí que me plantee para qué seguir escribiendo; por qué tratar de publicar un solo manuscrito más. Me gustan muchos libros, pero solo unos cuantos autores me llevan a plantearme dejar la literatura para aquellos que consiguen hacerla un arte (Tom Spanbauer, Baricco, el antiguo Auster... quizá alguno más que en este momento no me viene a la cabeza y, ahora, Miguel Ángel Hernández)



Hay novelas que no merece la pena leer, hay novelas que está bien leer; y luego están las imprescindibles. Y esta es una de ellas.

domingo, 1 de julio de 2018



Acaba de sorprenderme una trama que me está costando un mundo. Y eso es bueno. Eso quiere decir que, quizá empiece a abrirse a mí. 
A pesar de haber trazado el mapa, a pesar de pensar y pensar en qué le pasa, a quién le pasa. por qué le pasa. A pesar de llevar ya un año intentando desvelar esta historia, hoy, por fin, me ha sorprendido; me ha medio desvelado algo que no estaba en ningún plano, nota, pensamiento. Solo ha dejado entrever una luz, una sospecha.
Todo esto viene a que, en mi opinión, si yo mismo no me sorprendo cuando escribo; si no me emociono, si no me cuento la historia como si me la estuvieran contando; no creo que el lector se sorprenda, se emocione o se interese.
Y es que, con el más absoluto respeto a quien piense y haga lo contrario, para mí escribir es recorrer el camino. Quizá haya un destino prefijado y quizá un recorrido planeado; pero lo verdaderamente interesante, lo divertido; lo emocionante, es pillar ese desvío que de repente se presenta ante ti y que puede que te lleve a un sitio totalmente distinto.
O puede que a ningún sitio.
En tal caso habrá que desandarlo y regresar al plan inicial. Y, aún así, ya nada será igual, porque esos otros caminos siempre dan algo.
¿Conclusión de esta entrada? ¿Por qué la anoto en mis notas para recordar?
Hay que tenerlo siempre presente: Sorpréndete a ti mismo. Emociónate. Si no lo haces, ellos tampoco lo harán.


miércoles, 27 de junio de 2018



No es el primer contrato que firmo; aquel fue el de Intersecciones. Tampoco que el que más ilusión me ha hecho, mérito que tuvieron mis queridos pelícanos (Los pelícanos ven el norte). Ni el que más se ha hecho esperar (Lo que está por venir); ni mucho menos el que más claro tuve que se acabaría firmando (Cuéntame cosas que no me importe olvidar). 
Lo que sí puedo decir es que es el quinto que firmo, y sabido es que no hay quinto malo.
Eso esperamos Roca Editorial y un servidor.
En unos meses lo comprobaremos.

domingo, 24 de junio de 2018




Se me ocurre una clasificación por la que quizá alguien pueda crucificarme. Pero hoy me he levantado pensando que la cosa era así, y así lo apunto aquí para no olvidarlo:

Piensa en la literatura como si fuera una comunidad de vecinos.
La poesía es la casa de las palabras y lo comparte con el de los sonidos. Allí habitan juntos, y juntos (creo) son la parte más artística de la comunidad.

El cuento es donde viven los sucesos. Se apoyan, cómo no, en sus vecinas las palabras y, a los afortunados, también los vienen a ver de vez en cuando los sonidos. Aunque la mayoría son eso: sucesos.

Están las primas de los sucesos, que son las anécdotas, y que viven en el piso de los microrrelatos. Este piso, creo, está lejos de la poesía y a mí solo me merece la pena pasar por ahí cuando las palabras y los sonidos deciden ir a visitar a las anécdotas. Y esto, por desgracia, ocurre en raras ocasiones.

Y luego está la novela. Ese piso grande del que son dueños absolutos los personajes. Que, es verdad, como todos los demás, visitan a menudo la planta de la poesía para observar la decoración a ver qué se les pega; pero que no pueden evitar moldear todas esas palabras y sonidos en el relato de sus propias vidas y sentimientos. 

Hay personajes que se quedan a vivir en los cuentos o, peor aún, en los microrrelatos y allí no son felices. Porque no pueden conformarse conviviendo con simples sucesos o anécdotas. Esa no es su vida. Y, a veces, en algunos edificios, hacen pisos novela que solo son un suceso grande, donde los personajes no llegan a desarrollarse y, por lo tanto, tampoco son felices.

Luego, por supuesto, hay otros pisos en la comunidad Literatura. Pero a estos los he visitado menos y por eso no entran en mi reflexión.

Y, en fin, esta es mi clasificación. Aparte de la poesía, que para mí es la rama de la literatura más cercana al arte, distingo entre esa eterna pugna de qué es cuento y qué novela. Para mí no se trata de la extensión, sino del contenido y del modo de tratarlo. Microrrelato: anécdota, Cuento: suceso, Novela: personajes. 


viernes, 15 de junio de 2018



Philippe Djian (París, 1949) en este artículo de El País:

Sobre los escritores personaje:
"El escritor tiene que estar detrás de sus libros, no delante. No hace falta que se le vea".

Tan, tan, de acuerdo... Yo siempre he dicho que prefería que mis libros hablaran por mí, no yo por ellos.
 
 
"Coloco a personajes ordinarios en situaciones extraordinarias y veo como se desarrollan. Como decía Stevenson, la aventura de la novela no es la materia sino la forma".

Escritor de brújula, como a mí me gusta. Las críticas hacia mis "inicios", las dificultades para publicar, escuchar a todos menos a mi interior me hicieron dudar y sumergirme en el mundo de los mapas, esquemas, fichas; el todo atado y bien atado. No me gusta; y quizá por eso ya no fluya como antes. Claro que es muy probable que mi brújla al lado de la suya sea de todo a 100 y, entonces, pues no es lo mismo...
No obstante, ahora volver atrás me resultará muy difícil.
En cuanto a Stevenson y la forma, también lo he pensado desde siempre. Creo que todo está contado, solo cambia la forma de hacerlo. El problema con mucho de lo que se lee (y se publica) ahora es que se hace al contrario: lo importante es la materia y la forma importa un pimiento. Igual por eso se publica tantísimo.
Es cierto que esto apenas sirve para unos pocos privilegiados, para los artistas de verdad. Es un problema querer poner el énfasis en la forma y no llegar. Sin embargo, yo prefiero intentarlo (ojo, no digo que me salga).

 
"La imagen que tenía de los escritores que iban por allí era de unos viejos ridículos. Yo no quería parecerme a ellos".

No en general, diría que es excepcional, pero algunas veces me ocurre igual. No quiero ser como algunos (sí como otros).

Lo mejor de escuchar a los grandes es que te das cuenta de que a veces no vas tan descaminado.
 





miércoles, 13 de junio de 2018



Yo escribo gracias a un par de talleres. Especialmente a uno que siempre he recomendado si alguien me ha preguntado. Los talleres están bien. Es verdad que enseñan cosas que de otro modo se tardaría mucho en asimilar. Una vez dije que los talleres no son imprescindibles, lo es la lectura. Que, sin embargo, son como el zumo concentrado: condensan muchas lecturas, extraen la esencia y te la ofrecen. No obstante, nadie querría prescindir del zumo natural que es la lectura. Desde luego, un escritor no podría. Sin embargo opino que llega un momento en el que hay que prescindir de ellos (de los talleres, no de los zumos). Una vez aprendidas las escasas técnicas básicas, una vez practicadas, hay que volar en busca de tu propia esencia. 
De tu propia voz. 
Es posible e incluso probable que no la tengas y que, por lo tanto, no la encuentres; pero si la tienes y consigues hallarla; entonces es cuando empiezas a escribir de verdad. 
Escribir es un acto solitario. Estás solo cuando escribes y si tienes miedo a esa soledad, nunca podrás volar y, por lo tanto, nunca encontrarás tu voz.
Escribir es, además, un acto de persistencia; de obstinación. Y si no persistes, si no te obstinas, no podrás llegar a saber qué puedes dar.
Porque escribr es dar. Lo que tengas (no se puede pedir más). 
Pero todo lo que tengas, no te puedes guardar nada.
Y tienes que saber lo que tienes.
Y para eso, hay que volar.


lunes, 11 de junio de 2018



"El lenguaje literario era en cierto modo un intruso que intentaba pasar inadvertido entre el lenguaje común. Parte de su interés, si no todo, residía en esa capacidad no ya de ser tolerado por el sistema siendo tan diferente a él, sino de confundirse con él hasta el punto de que mucha gente, como Pedro, suponía que aprender a escribir diálogos consistía en aprender a escribir como se habla. Confundía la literatura con la vida. Quería llevar su vida (su habla) a la escritura,"
 Juan José Millás.
Lee aquí el artículo completo, es una maravilla

sábado, 9 de junio de 2018

Dice Chuck Palahniuk que si no te apetece ponerte a escribir hagas lo siguiente: pon el cronómetro en media hora y ponte a escribir. Si para cuando haya pasado esa media hora no quieres seguir, eres libre de dejarlo. Pero asegura que para entonces, muy probablemente ya te hayas enganchado y decidas continuar.
Esa pereza inmensa que sientes no es solo tuya.
Nos pasa a muchos.
Yo, por ejemplo, últimamente cojo al perro y me doy caminatas de varios kilómetros por no ponerme a escribir. Y quien me conoce sabe el inmenso volumen que alcanza esa pereza, directamente proporcional a los kilómetros recorridos.
Pero igual no es pereza y uno debería empezar a plantearse que ya ha contado todo lo que tenía que contar.
Al menos, por ahora.
En fin, enciendo el cronómetro.

viernes, 8 de junio de 2018


 
Hoy va sobre hipocresía. Lo cual quiere decir que, como siempre, va sobre verdad.
He recorrido algunos círculos literarios y una de las cosas que más me sorprendió desde el principio fue ese modo que tienen algunos autores de poner a parir a otro en los corros privados y después adularlos en público o en su presencia. Nunca supe a qué atenerme con esto y siempre pensé que si lo hacían con unos, también me tocaría a mí de vez en cuando.
Y no creas que es algo que ocurre en raras ocasiones.
No estoy hablando de falta de educación. No estoy diciendo que se le retire el saludo a nadie, ni que se le falte al respeto que todo el mundo merece, ni siquiera aunque se esté parapetado tras esta pantalla de estas redes que se prestan tanto a ello. No, el saludo no se le retira a nadie y, si no puedes decir nada bueno de alguien, lo mejor es callarte. 
Pero... ¿adularlo?.
En realidad sí creo entenderlo: nadie se quiere poner en contra a alguien que después tenga un "altavoz" con el que se le adule a él también.
Bueno, y como no quiero ir de puro, yo también he criticado en corros privados a los escritores que no me gustan, claro que sí; y no digamos de los que no me caen bien.
Pero no he ido después por ahí cepillándoles la chaqueta y, normalmente, para ser amable y hasta simpático con ellos no me ha hecho falta decir lo que no pienso.
El silencio... qué valioso es.
Por suerte, ellos tampoco me han preguntado porque es muy probable que no les importe mi opinión. ¿Por qué habría de importarles? Y, si lo hacen, pues supongo que querrán escuchar lo que pienso de verdad. Yo nunca le pregunto su opinión a nadie, incluso aunque me importe mucho, porque no quiero poner a nadie en el brete de tenerme que decir algo desagradable. Ya me la dará si quiere hacerlo.

Alguien me dijo que si destacas en lugares como Madrid o Barcelona es más por merecerlo que por llevarse bien con unos y con otros; que hay tal cantidad de opciones distintas que solo los que lo merecen se llevan la atención y que por eso no se dan estos provincianismos. 
No sé si será verdad; en todo caso, se trata de eso: de merecerlo.
Merécelo y lo demás vendrá dado.
O no.



lunes, 4 de junio de 2018



“Hubo un momento en el que me liberé, rondaba los cuarenta y me di cuenta de que no tenía sentido seguir simulando ser un novelista como los demás novelistas, que podía hacer lo mío”.


Cuenta el escritor César Aira (Coronel Pringles, 1949) que para él escribir consiste en empezar a hacerlo. No hay andamiajes que valgan ni estructuras o esquemas que guíen sus desquiciantes argumentos. Se trata simplemente de narrar, que no es poco.


http://www.publico.es/culturas/cesar-aira-alguien-compra-libro-portada-jodido.html

viernes, 25 de mayo de 2018



"El camino más noble y efectivo para hacerse un lugar en la literatura es leer y escribir bien. El resto son variaciones de la falta de pudor o cierto goce exhibicionista por el ridículo, cuestiones que siempre están ocultando una falta de verdadera voluntad creativa"
Nicolás Mavrakis
 
Yo lo dejaría como el más noble, a secas.

sábado, 5 de mayo de 2018




El otro día me preguntaron si siempre escribía el mismo tipo de novelas. En aquel caso, se refería a ficción histórica. Le dije que no, que dependía de cada vez que empezaba. Esto podía suponer un pequeño inconveniente ya que el público parece esperar algo muy parecido a lo que ya encontró la última vez que leyó a un autor. Y lo veo tan lógico como lógico me resulta no ceñirme a uno de los múltiples apellidos que se le pone a la literatura (negra, histórica y un largo etcétera). 
Pero, en realidad, estuve torpe en la respuesta. 
Porque sí que es cierto que siempre escribo el mismo tipo de novela. O lo intento al menos. Escribo novela de personajes. Ese es mi sello (creo y espero). 
¿Y qué es novela de personajes? Se preguntará alguien. ¡Todas las novelas tienen personajes! 
Pues (y esta es mi definición y no tiene por qué coincidir con la de nadie más), es la novela que se centra más en los personajes que en las situaciones o acciones; en sus miedos, sus fobias, sus alegrías, sus relaciones, su sufrimiento y su alegría; las novelas que, independientemente del contexto histórico, estén en medio de una investigación criminal o viajando a través del tiempo, se centran en la gente real. En sus pasiones y aversiones, en sus vilezas y en sus noblezas. 
O sea que corrijo mi respuesta: Sí, es verdad, siempre escribo el mismo tipo de novela. Lo que cambio son los escenarios.
Novelas de personajes. O, mejor todavía: de gente común.

jueves, 19 de abril de 2018

Cuento en este blog mucho de lo malo de escribir; pero a veces también se dan cosas buenas. Y no sería honesto que estas me las guardara para mí solo. Aquí va una.

El club de lectura de Albatana hizo esto mientras leía "Lo que está por venir"
Uno de los principales lemas que siempre me he aplicado desde que lo leí es el siguiente: "Piensa siempre que el lector es más inteligente que tú".
Y así, lo he hecho. Sí, este que escribe, el mismo que hace unas entradas decía que no pensaba en el lector al escribir. Pues en esto sí.
Y es verdad que quizá por eso haya momentos en los que alguna de mis novelas pueda ser un tanto complicada. Nada grave, se entiende si se presta atención. Y eso es lo importante: prestar atención, no esperar que te lo den todo mascado como si estuvieras tragándote una de esas películas alemanas con las que ahora nos obsequia TVE en las sobremesas de los fines de semana. Es verdad que son fáciles y que a mucha gente les gusta; pero no es es lo que yo pretendo ofrecer. Yo quiero que el lector participe, que no se relaje.
Y estos días me he reafirmado en mi postura.
He estado con gente, mujeres la mayoría; algunos hombres, hablando de "Lo que está por venir". Gente sencilla de pueblos pequeños, alguna señora me confesaba que no había ido a la escuela. Gente muy alejada de los, a veces esnobs, círculos literarios de las grandes ciudades; también de los, a veces provincianos, círculos de las ciudades más pequeñas. Solo gente que vive su pueblo y participa de su pueblo. 
¿Y qué me he encontrado?
Pues, como suponía, que son más inteligentes que yo. Que sí, que tenían que prestar atención, que a ratos les costaba, pero que entendían, que eran totalmente capaces de seguir  el hilo sin necesidad de explicar una y mil veces la misma cosa. Sin necesidad, si me apuras, de explicar nada una sola vez. Tan solo mostrándoselo. 
Gente lista.
Gente sensible.
Y, para rematar, llega una señora de 80 años que me confiesa que no fue a la escuela y que le encanta participar del club de lectura de su pueblo y me dice: "Has escrito la vida". Y me lo dice alguien que sabe mucho de la vida de verdad, no de la que enseñan en las universidades. 
Igual, algún día, una de mis historias tiene una repercusión nacional y grandes halagos (igual no), pero, en todo caso, será difícil que igualen semejante piropo.



domingo, 15 de abril de 2018



No concibo el escribir como la aplicación de determinadas técnicas. Concibo la asimilación de esas técnicas al servicio de la sensibilidad. Si se está demasiado pendiente de la técnica se olvidan las sensaciones y entonces pierde todo el sentido.
Escribir desde las tripas, eso es lo que le da sentido a esto, la única posibilidad que existe de acercarse al Gran Misterio (entrada del 24/2/18). 
Claro que la técnica ayuda, pero como no le metas tripas...
Creo yo, vamos.

sábado, 14 de abril de 2018



Hablaba hace unas entradas del éxito, de qué narices es el éxito.

Ayer estuve en Navas de Jorquera, un pueblo de la entrañable Manchuela, de unos 500 habitantes. Fui allí para hablar de mi libro sí, pero también de libros, de escribir, del Museo del Prado... Y, para mi sorpresa, me encontré con un salón lleno con entre 40 y 50 personas. Es cierto que se habían juntado dos clubs de lectura, el de Cenizate y el de Navas. Aun así, haciendo números gordos, alrededor del 3 o 4% de la población estaba allí, interesándose por la literatura con un autor del que nunca antes habían oído hablar.
Dos pueblos muy pequeños, es cierto. 
Igual un salón para 300 personas en Madrid es mucho más guay. 
Esto último puede parecer mucho más exitoso.
Pues verás, no estoy de acuerdo.
Empecemos por los fríos números: En Navas de Jorquera lograron convocar en torno a la literatura al 3% de su población. Si esto lo hicieran en Madrid, los escritores llenarían estadios como si fueran estrellas de rock. Si, cuando vaya a Albacete a un acto parecido, se cumple el prorrateo, necesitaremos un local para alrededor de 4500 personas. No sé, se me ocurre la plaza de toros.
Pero no nos engañemos, todos sabemos lo que cuesta llenar 50 asientos tanto en Madrid como en Albacete.
Lo que me confirma que en Navas de Jorquera han obtenido un éxito de participación.
A ver, no estoy diciendo que no querría llenar 50 asientos en Madrid, claro que sí. Pero también os digo una cosa: si esos 50 madrileños no están tan implicados, no son tan amables, no se interesan tantísimo por el libro que TODOS han leído como esos 50 manchegos, entonces no merece la pena.
Navas de Jorquera y Cenizate son el éxito.
Y yo los felicito.


miércoles, 11 de abril de 2018





Podría decir que esta novela me cambió la vida, pero quizá sería exagerar. Lo que sí es verdad es que cambió mi modo de concebir la escritura. Fue una suerte descubrirla muy al principio, cuando aún estaba en un proceso de búsqueda frenética. Hoy esa búsqueda es mucho más calmada, gracias en parte a esta novela y a su autor. Tom Spanbauer. Aquí descubrí una forma de narrar diferente, en apariencia (engañosa) poco académica, extraída de las tripas doliera lo que doliera.
En esta novela encontré verdad.
Y a mí me mostró el camino que quería recorrer.
Mi vida sigue más o menos igual.
Pero esta novela cambió muchas cosas.

sábado, 7 de abril de 2018




- Date cuenta -digo- que entra el tal Apolo a la fragua. Vulcano y los obreros están hasta las cejas de trabajo, carbón, hierro y sudor; vamos, que no les debe de quedar ni una pizca de buen humor; entonces llega el guaperas autosuficiente y le suelta con toda naturalidad que su mujer se la está pegando con Marte. Fíjate. ¡Con Marte nada menos! -Libertad ríe ante la exclamación y eso me anima a continuar-. A Vulcano se le pone una mala leche que no veas. ¿Recuerdas su cara en el cuadro? Tiene una mirada como de ¡Qué me estás contando! Pero Apolo, que es muy suyo y muy despreocupado, pues termina la historia. Allí, delante de todo quisque. Y no veas las caras que tienen los mozos de Vulcano, como diciendo ¡Madre mía la que se va a liar!

Todo arte cuenta una historia.

Fotografía: Velazquez. La fragua de Vulcanoo. 1630. Museo del Prado.

Texto: Fragmento de "Lo que está por venir". De un servidor.

lunes, 26 de marzo de 2018



Una vez leí (o escuché, no sé) que hay que saber aceptar los halagos. ¿Sabes eso que te dicen "¡listo!" y tú: "no... es que era fácil" y el otro "que sí, que eres muy listo" y tú "nah, exagerao.." Pues decía que ante el halago bastaba un simple "gracias".
Yo soy un tío con suerte, recibo bastantes halagos de mis amigos. En realidad, en el fondo no me los creo demasiado, ya sabes: son mis amigos, me quieren; e intento disimularlo con ese "gracias".
¡Qué demonios! ¿No va este blog de verdad?
Tiendo a no creerme los halagos, esa es la verdad.
Y sé que eso es un gran defecto.
Pero es que obsequiar con un halago es mucho más fácil, y hasta más cómodo, que atizar con una crítica.
Será que no le tengo demasiada fe a la Humanidad.
Puestos a terminar de ser sinceros, tampoco encajo bien las críticas. Aunque también intento disimularlo.
Estas no las recibo con un "gracias", más bien con un: le echaré un vistazo o similar. Porque también soy cabezón y tengo que convencerme a mí mismo y, a priori, ya sabes: si lo hice así fue por algo.
Pero es cierto que suelo prestar más atención a estas últimas y, cuando las asimilo, las tomo como más ciertas que los primeros.
Es por eso que tanto críticas como halagos prefiero recibirlas en diferido, no cara a cara. Porque no sé muy bien cómo reaccionar excepto con ese "gracias" o un "le echaré un vistazo".
Debe de ser el mundo de la creación que, cuando te lo tocan, te están tocando algo íntimo.
 


sábado, 24 de marzo de 2018



Creo que hay que ser muy cauteloso con las ideas. Las ideas son como las personas falsas: hay que tratarlas un tiempo para calarlas. Por eso pienso que cuando llega una idea que te entusiasma, es bueno apuntarla y dejarla a un lado: ya sabemos que la recién llegada te va a engatusar de primeras. Si cuando vuelvas a ella después de un tiempo prudencial te sigue entusiasmando, quizá esa no sea de las falsas, atrévete con ella.
Pero cuidado: las ideas son muy embaucadoras, aun así podría salirte rana más tarde.
Por otra parte, las ideas son muy aprovechadas y se benefician de las demás ideas. Abrirle la puerta a una es posible que cause la entrada de otras. Y eso es bueno.
Nunca te quedes con la primera que llega, esa es la fácil. Mira entre las que intentan asomarse detrás; esas suelen ser las que tienen enjundia. 

viernes, 23 de marzo de 2018



Nunca hablo de este blog en público. Si alguien pregunta, evado la respuesta. 
Siempre me he desnudado algo cuando he escrito. Creo que, en el hecho de escribir, hay cierta actitud nudista y puede que también algo exhibicionista.
Y en este blog estoy mucho más desnudo que en cualquier relato o novela. Aquí es donde no disimulo mis carnes caídas, algún lunar con mal aspecto. Es cierto que el instinto me obliga a taparme las partes más ínimas; quizá también el decoro: la mayor parte la pienso mientras la escribo y no es malo que me frene cierto pudor (creo).
Pero nunca hablo de este blog con nadie.
Uno necesita cierta intimidad cuando está desnudo, sobre todo cuando no es asiduo al gimansio. Y aunque sabe bien que alguien puede pasar por delante de la ventana y echar un vistazo, es preferible pensar que no se rompe esa intimidad.
Igual escribir (y sigo pensando mientras escribo) es como desnudarte a solas (yo no soy capaz de escribir mientras me miran), reflejar toda esa desnudez en el papel, a veces maquillarla un poco para hacerla menos explícita, o menos hiriente, o más bella, en definitiva; después volverte a vestir y enviar esa desnudez embellecida (o no) al mundo a ver qué pasa.
O igual no.
Pero esto está quedando demasiado largo y, en todo caso, yo no hablo de este blog en público.
Y si alguien pregunta, trato de evadir la respuesta.


Creo de verdad que cada uno tiene lo que se merece. No hablo de justicia, sino de causalidad.Y tampoco hablo de catástrofes ni hechos luctuosos que nadie puede explicar con causa-efecto. 
A decir verdad, hablo de lo que habla este blog, del mundo asociado a la escritura.
Creo, de verdad, que cada uno está donde merece.
Y ahora no hablo de escribir bien o mal. O no solo de eso.
Resulta que no se trataba solo de escribir; resulta que se dan un montón de factores más. Y el que mejor domine la mayor parte de ellos tendrá más méritos que los demás.
Quizá la suerte también sea uno de esos factores, no lo sé.
Se supone que el factor básico es escribir, claro está. Pero quien pretenda dominar ese y solo ese, tendrá que ser excepcionalmente bueno para merecer cierta visibilidad. Si no quiere apoyarse en los otros factores, habrá de ser un genio. 
Y genios hay pocos.
No me gustaría que esto sonara a reproche. Me gustaría que sonara a aplauso y cierta admiración por esos que consiguen dominar un gran número de factores. Ellos lo merecen.


sábado, 17 de marzo de 2018





Hoy hace 8 años que recibí una llamada de tanteo previa al único éxito que he conseguido. Es larga la historia de esa llamada. Hasta aquello supuso una semana de incertidumbre.
Que sí, que no.
Al final fue sí y gané aquel premio gracias a haber suprimido unas cuantas "pollas". (Ya digo que la historia es larga).
Hoy, ocho años después, las cosas son muy distintas.
Dije entonces (y lo he repetido bastante, demasiado, después) que el dinero sería como un charco al sol que no tardaría en evaporarse. No era el dinero lo que más valoraba, sino la posibilidad de entrar a uno de los vestíbulos exteriores del Olimpo.
Fue cierto: el charco se evaporó pronto.
Y el vestíbulo del Olimpo también cerró. También pronto, aunque yo tardé en darme cuenta.
A veces creo, sinceramente, que hubiera sido mejor no ganar aquel premio. Seguramente no habría tardado en abandonar el zaguán de ese vestíbulo que no se ha vuelto a abrir y habría usado todo este tiempo de llamar y volver a llamar en vete a saber qué otra actividad (para quien haya seguido este blog, en cualquier otro "algo más")
Uf, cómo suena esto a fracaso.
O a quejica, vete a saber.
Pero hablábamos de verdad.
Para estas reflexiones se abrió este blog.
Para todo lo que ha supuesto el hecho de escribir.
Sin tapar nada.
Escribir como catarsis del hecho de escribir. Casi metaliteratura.
Será curioso volver aquí el año que viene, y el siguiente. A ver qué tal.



domingo, 11 de marzo de 2018





Dicen que hay escritores de brújula y escritores de mapa. Los de mapa no echan a andar sin un plano detallado de todo lo que van a encontrar en el largo camino que supone adentrarse en una novela. Los de brújula tienen una ligera idea de donde están, a donde quieren ir y parten a ver dónde les lleva su norte. 
Pienso que estos últimos son mucho más inspirados que los primeros. Pero que no se me ofenda nadie. Yo, hoy día, o soy de mapa o no soy.
Aun así, no hay nada comparable a aquella brújula que me adentraba en caminos desconocidos.

jueves, 8 de marzo de 2018



El escritor que no consiga hacer pensar, hacer llorar o hacer reír con su prosa - hacer pensar sin ponerse filósofo; hacer llorar sin ponerse sensible; hacer reír sin ponerse chabacano- esto es, el que no posea ni ternura, ni gracia, ni profundidad, es inútil que se pudra en Salmántica preparándose para el éxito. Pepín Rivero. Escritor cubano.

lunes, 26 de febrero de 2018


El provincianismo en arte tiene significado solamente como reserva ética.

Cesare Pavese

Y yo diría que étnica...

domingo, 25 de febrero de 2018




Hace unos meses asistí a una charla de varios escritores. Ante la pregunta del moderador: "¿Piensan en los lectores cuando escriben?" se produjo un cierto pique entre dos de ellos. Uno respondió de inmediato que sí, constantemente; otro de ellos que no, nunca. El pique se desvió con rapidez (con cierta pedantería por parte de uno y cierto complejo mal resuelto por parte del otro) hacia la calidad literaria en relación con las ventas. En mi opinión (y es mi opinión, no un hecho) se dio un poco de postureo; claro que, quizá, en ciertos entornos, ese postureo es inevitable; puede que necesario, no sé.
Poco después, en otra charla, otro escritor comentó este pique ante el público. Su conclusión fue, más o menos, que no sabría decir quién llevaba razón pero que la realidad era que uno era un autor muy vendido (el que pensaba en el público) y al otro no llegaban a leerlo ni cien personas (el que no lo hacía).
¿Qué es lo que en mi opinión hay que hacer? Pues visto que el tercer escritor tenía toda la razón, supongo que lo que el primero.
¿No?
Pues... ¡qué sé yo lo que hay que hacer!
Confieso que estoy más cerca del segundo, del que no piensa en los lectores. Yo, en un acto de inmenso egoísmo, pienso en mí. 
Es cierto: soy el único lector en el que pienso. 
Y... bueno, el tercer escritor podría decir lo mismo de mí.
Hace ya tiempo que escribí "El istmo del reloj de arena". Varios me dijeron que cambiara bastantes cosas y estoy seguro de que tenían razón. Sin embargo, cada vez que lo leía, yo lo veía tal y como estaba. Me gustaba así. Me convencía así. Yo, como lector, disfrutaba de ese libro. Total, que lo dejé como estaba, no lo conseguí colocar en ninguna editorial, lo subí a Amazon en los inicios de Amazon en España y se convirtió en uno de mis libros menos leídos (que ya es decir).
El tercer escritor tuvo razón.
Pero continúo teniéndome como mi único lector (puede que termine consiguiéndolo). Me gustaría convencerme como me convence Spanbauer con cada una de sus obras, como Palahniuk con algunas, como me convenció Patria, o Sostiene Pereira, o Seda o La esposa Joven o... tantas y tantas. 
Quizá es que ellos sí pensaban en mí cuando escribían, vete a saber. 
Es broma, no sé en realidad como lo hacen estos.
Lo que sí sé es que, aunque suene bastante onanista, la única manera de disfrutarlo es hacerlo para mí; si no, qué sentido tiene. 
Me gustaría que mi gusto coincidiera con el de muchos lectores, claro que sí. Cuanto más mejor. Como dijo el que sí pensaba en ellos todo el rato "Cuantos más lectores más gustico"; pero siempre siendo yo el primer convencido.
No critico ni al primero, ni al segundo, ni al tercero. Ni siquiera a mí mismo.Cada uno es libre de tomar su camino como más lo disfrute. Y tampoco hablo de la calidad literaria del primero, del segundo ni del tercero. Ni, por supuesto, de mí mismo. Eso, para los que se sientan capaces de hacerlo.

sábado, 24 de febrero de 2018


Escribir, a menudo, no es escribir.



"En Rusia había un rabino famoso. Cada vez que veía que el infortunio amenazaba a su gente, este rabino iba a un lugar del bosque a meditar. Luego, encendía un fuego, decía una oración determinada y sucedía el milagro y la gente del rabino se salvaba. Las cosas continuaron y continuaron así hasta que el rabino murió y posteriormente, su discípulo, otro rabino, cada vez que un infortunio amenazaba a su gente, iba al mismo lugar del bosque y decía al Gran Misterio: Lo siento pero no sé cómo se enciende el fuego, pero sigo sabiendo la oración y aquí tienes la oración. Y este rabino decía la oración y sucedía el milagro. Luego aquel rabino murió y su discípulo, otro rabino, cada vez que un infortunio amenazaba a su gente, iba al mismo lugar del bosque y decía: No sé cómo se enciende el fuego y no sé la oración, pero sé el lugar y esto debería de ser suficiente. Y sucedía el milagro. Cuando aquel rabino murió, su discípulo, el cuarto rabino, cada vez que un infortunio amenazaba a su gente, se sentaba en su silla en casa con la cabeza en las manos y decía al Gran Misterio: No sé cómo se enciende el fuego, no sé la oración, no sé el lugar del bosque, ni siquiera qué bosque. Lo único que puedo hacer es contártelo y esto debería de ser suficiente. Y sucedía el milagro.
Dios hizo al hombre porque le encanta escuchar historias"
Tom Spanbauer. La ciudad de los cazadores tímidos. 

jueves, 22 de febrero de 2018

Encuentros con...



Como esto es un lugar de reflexiones para un desmemoriado y no un lugar de anuncios, anoto aquí el placer que supone que se acuerden de uno desde su propia tierra; desde esa Mancha que es mi origen, parte de lo que soy y un lugar al que pertenezco. 
La Mancha es sobria, es austera, a veces puede parecer distante; pero es noble y acogedora. Y así somos los manchegos.
Gracias a la Diputación de Albacete por llevarme a Navas de Jorquera, Albatana y Alatoz, nombres que están en la memoria de mi niñez y, por supuesto, a Albacete, mi ciudad. Allí nos vemos, paisanos; trataré de ser consecuente con todo lo escrito aquí: honestidad, ser y no aparentar, verdad... 





miércoles, 21 de febrero de 2018

Hablando de no aparentar



Hablando de ser y no aparentar.
Hablando de honestidad.
Stanley Rogouski, traducido por Isaac Belmar
Sobre ser un escritor fracasado




Recuerdo cuando me obligaban a ir a trabajar con traje y corbata. En ocasiones iba a comer con algún cliente; este, vestido de sport, a veces incluso con mono de trabajo, me invitaba a subir en su mercedes y me llevaba a algún restaurante. Cuando llegaba la hora de la cuenta, siempre me entregaban a mí la nota. Vestido así, parecía lo que no era. Nunca me ha gustado aparentar, siempre he preferido ser.
En cuanto pude, me deshice del traje y la corbata.
En la literatura deberías hacer lo mismo. 
Eres lo que eres (bueno, malo, regular, superventas, infraventas, con talento o sin él, de gran editorial, autopublicado...), no intentes aparentar otra cosa. 
Por ejemplo, en este post, parezco una especie de gurú literario. En realidad, no soy nadie, es solo una opinión, un consejo si quieres tomarlo así. Y solo por esta última frase, habrá quien me tache de alicaído.
Pues no, no es eso, es solo que me desato la corbata y le paso la cuenta al del mercedes.

sábado, 17 de febrero de 2018

180217-2


180217



Entiendo que alguien con tan mala memoria anote aquí todas estas reflexiones que de otra forma se perderían,  ¿pero por qué compartes todas estas pajas mentales en redes sociales? Sé que no es para tener repercusión: sabes que hay mejores métodos de hacerlo que la dejadez con las que las subes. ¿Entonces? Igual es para no desligarte del todo de esos pocos a los que sí has llegado, sin la mentira de los likes y los "amigos, seguidos, seguidores" y demás parafernalia de las redes Asociales. Demasiado ruido y poca música en esas redes.

viernes, 16 de febrero de 2018






Si no hay verdad, no hay nada. A veces, cuando se habla de honestidad pensamos que se trata de que un autor diga lo que realmente piensa de su obra. ¿Qué va a pensar? Si no le gustara no la publicaría. 
O...¿sí?. 
Puede que haya quien escriba para determinado "mercado" o para tal o cual "target". Y eso es bueno si es lo que de verdad quiere hacer, le gusta hacer, disfruta hacer. Pero si, por el contrario, lo hace contra su propio sentimiento solo por alcanzar ciertos objetivos, nos está mintiendo a todos, incluso a sí mismo.
De eso va la honestidad. 
Al final, se trata de honestidad con uno mismo. 
Se habla también de sinceridad. Piensa en tu obra, ¿para quién la escribes? Si lo haces para otro en contra de tus impulsos, no estás siendo sincero. 
No habrá verdad.
Y si no hay verdad, solo habrá un subproducto perecedero, sin valor alguno.
Es cierto que se darán casos en los que puesta toda la honestidad, sinceridad y verdad sobre el papel, seguirá teniendo un valor muy pequeño. 
Ante la falta de talento, nada se puede hacer.
Luego no se trata solo de dar lo que tienes, aunque sea todo lo que tienes; se trata de que tu talento te proporcione mucho para ofrecer y que tú lo des sin freno tal y como lo sientes hasta despojarte de todo.
Desnudarse es honesto y generoso.
¿Genio = talento + honestidad + generosidad?
Vete a saber.

180216




martes, 13 de febrero de 2018

180213






"Tengo problemas con las repeticiones, tanto en la vida como en la escritura. Cuando hago teatro, por ejemplo, no puedo repetir cincuenta veces la misma obra. Lo mismo ocurre con la literatura. Cada libro que he escrito ha sido para destruir el anterior. City es un ejemplo perfecto. Escribí Seda, pequeño y lineal, muy bien vendido, y me dijeron que debería seguir por el mismo camino, que debería replicar la obra. Pero salí con un libro no lineal, complejo y grande... Lo escribí para matar Seda. Para mí, cada libro funciona como antídoto del anterior."
          Alessandro Baricco.

Salvando las distancias, a mí me ocurre un poco igual. No es que desee destruir el anterior con cada libro nuevo; pero sí pasar página y recorrer otros caminos. Salir del día de la marmota y divertirme.

Para leer toda la entrevista (muy interesante) a Alesandro Baricco pulsa aquí.


jueves, 8 de febrero de 2018

Dime que las mujeres tienen que ganar lo mismo que los hombres y te diré que hace mucho tiempo que debería existir una ley que obligara a ello. Dime que no es justo el maltrato a una mujer y te diré que no solo no es justo sino que es denigrante, indignante y la misma cara del mal. Dime que una mujer va a gobernar el mundo y te diré que dónde hay que firmar.
Pero pídeme que escriba portavoza o miembra y no me molestaré ni en contestarte.



Hay quien no deja extinguirse a sus libros. Quien, a fuerza de nadar a contracorriente, los eleva para que no terminen ahogándose. Siento una pizca de admiración por quien actúa así. Para mí los libros no son, como se dice mucho por ahí, hijos. Chapotearía  por mis hijos hasta asfixiarme, no por mis libros. Yo puedo ayudarles a flotar al principio (a mis libros), pero después deben hacerlo solos. No soy un gran nadador, terminaría ahogado con ellos.

miércoles, 7 de febrero de 2018





Byung-Chul Han:

Narcisismo. Sostiene Han que “ser observado hoy es un aspecto central de ser en el mundo”. El problema reside en que “el narcisista es ciego a la hora de ver al otro” y sin ese otro “uno no puede producir por sí mismo el sentimiento de autoestima”. El narcisismo habría llegado también a la que debería ser una panacea, el arte: “Ha degenerado en narcisismo, está al servicio del consumo, se pagan injustificadas burradas por él, es ya víctima del sistema; si fuera ajeno al mismo, sería una narrativa nueva, pero no lo es.
Pincha aquí para leer el artículo completo. Merece la pena.

sábado, 3 de febrero de 2018





Cuentan que Bukowski arrojó por la ventana de su editor el manuscrito corregido cuando vio que le había cambiado todas las comas por puntos. 
Menudos huevos tenía Bukowski. 
No sé si a Saramago le pasaría algo parecido con su también peculiar sistema de puntuación. En todo caso, a los genios se les termina aceptando ese quebranto de las reglas. 
Y me parece bien. 
Otros, en cambio, tuvimos en su día que quitar varias "pollas" del primer capítulo para no ofender a la esposa de cierto director general. 
Si tuviera que elegir entre los huevos o el genio de Bukowski, me quedaría con el genio; pero seguiría envidiándole los huevos.





Y ya que mencionas el éxito, pregúntate por él. Piensa en dos novelas que has leído y que tienes en mente. Una de ellas tiene un lenguaje trivial, nada cuidado, feo; una trama simple y unos personajes planos  y estereotipados. Es una novela y un autor con mucho público. La otra presenta un lenguaje petulante, presuntuoso, que se hace difícil de seguir, los personajes, mejor trazados que los de la primera. Ni el título ni su autor son muy conocidos. Ambos tienen sus fieles seguidores, evidentemente uno más que el otro. ¿Quién de ellos ha tenido éxito? Así, de pronto, uno estaría tentado de decir que el primero de ellos es el autor de éxito. Ahora piensa en ellos, los autores, más que en las novelas. Ambos han querido siempre escribir lo que escriben y cómo lo escriben. El anhelo del primero siempre ha sido tener más público que literatura, el del segundo poseer un lenguaje florido. Los dos, cuando leen sus propios libros, sienten ese orgullo íntimo, esa satisfacción del trabajo bien hecho. 
¿No crees ahora que los dos han tenido éxito?
¿Es el éxito triunfar ante miles de personas? ¿Que te señalen por la calle? ¿Que te pidan autógrafos? ¿Es, quizá, ser aclamado por la crítica a pesar del gran público? ¿O podría encontrarse más bien en esa satisfacción íntima?





Reflexionemos sobre el conflicto. No hay historia si no hay conflicto. Por eso las historias de género negro gozan de tan buena salud tanto en cuanto a lectores como escritores. ¿Qué mayor conflicto que una muerte violenta? Ah, ¿pero y el conflicto interno? Creo que la diferencia entre una novela y una buena novela es el conflicto interno. Cualquier novela, buena o mala tiene un conflicto externo ya que si no, no existiría; pero no todas muestran el conflicto interno de sus personajes (de todos, a ser posible). Cuanto más profundo sea este conflicto, cuanto mejor tratado esté, mejor será la novela. 

Pensemos en Blade Runner. A mi entender, género negro. Aunque podría no serlo, da igual. Si se compara con la novela en la que se basa (“¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”) ¿Qué diferencias encontramos? El conflicto externo es similar: hay que encontrar y dar caza a los nexus-6. La diferencia, en mi opinión, está en los diferentes conflictos internos; inexistentes en la novela (salvo por Rick), visibles en la película. Recuerda el maravilloso diálogo del replicante Roy Batty: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.” Los nexus-6 de la película quieren vivir como humanos (conflicto interno) pero están programados para durar unos pocos años (conflicto externo). Esto también ocurre con los demás replicantes de la película, como el magnífico conflicto interno de Rachael que no existe en el libro. Es por eso que los replicantes de la película son (paradoja) más humanos que los de la novela. Personajes más completos, al fin y al cabo. 



Hablemos ahora del lenguaje. Es importante el lenguaje. Comparando de nuevo, el lenguaje de la película me parece mucho más lírico que el de la novela. En el libro, es más difícil conectar con lo que están sintiendo los personajes en determinados momentos. Se trata de un lenguaje mucho más bello, más (otra paradoja) literario. 

Por una vez, la película supera al libro. 

Es importante el lenguaje, repito. No se trata de contar, eso sabe hacerlo cualquiera; se trata de cómo lo cuentas (arte).

Hay demasiadas novelas por ahí sin conflictos internos, con un  manejo del lenguaje demasiado trivial (se me puede incluir, no pasa nada). Y, tengan el éxito de público que tengan, les falta ese "algo más".


viernes, 2 de febrero de 2018






Soy consciente de no ser el genio que probablemente alguno piense que creo ser. La creatividad es un constante "no" (no es bueno, no es vendible, no se entiende, no gusta...). Y, sin embargo, ¿qué se supone que se debe hacer? ¿Buscar el sí? ¿O, por el contrario, ser quien eres a riesgo de no ser bueno, no ser vendible, no hacerte entender, en definitiva, no gustar? Es muy probable que el arte no se encuentre en el interior de uno; pero estoy casi seguro de que tampoco en cambiar lo que uno es con el fin de gustar. En resumen: el arte puede no ser lo que uno es; pero es imposible que sea lo que uno no es.
¿Será esto soberbia? 

Pd: me da vergüenza hablar de arte desde una ignorancia tan grande como la mía. Son solo reflexiones.






Recuerdo un día, sentados en un banco del jardín en Altea, tendría yo alrededor de 13 o 14 años. Éramos un grupo de amigos, todos más o menos de la misma edad, sin saber muy bien qué hacer. De pronto, Paco el alemán, levantó la cabeza y preguntó: ¿Qué queréis hacer vosotros en la vida? Después, nos miró uno a uno y nos fue pidiendo una respuesta. Ninguno sabía muy bien qué decir, pero todos, uno detrás de otro, iba respondiendo: “Tener un trabajo y una familia”. Cuando llegó a mí dije: “Sí, supongo que tener un trabajo y una familia, pero también algo más”. Entonces él preguntó qué era ese “algo más” y yo solo pude encogerme de hombros y confesar que no lo sabía, pero que quería algo más. Supongo que todos los años que vinieron después estuve esperando ese “algo más”. Y no fue hasta pasado mucho tiempo, cuando ya había entrado en la cuarentena, que lo encontré. Ya había conseguido un trabajo y una familia, incluso plantar varios árboles, pero no había sabido cuán literal era el dicho en mi caso, ya sabes: “plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”. “Esto es lo que siempre estuve buscando”, le dije a alguien que, la verdad, mostró poco interés. Pues bien, eso era: la literatura. Volviendo un poco atrás, hubo un tiempo que me dio por la fotografía y ahora creo que fue parte de esta búsqueda inconsciente. La terminé dejando porque, palabras mías: “me falta algo”. Sí es cierto que dominé la técnica y llegué a hacer buenos retratos, pero nunca conseguí pasar de las fotografías familiares o personales y sabía que me faltaba algo. Otra vez ese “algo más”. En aquel entonces ni siquiera me lo planteé, pensé que me había cansado. Solo hoy me doy cuenta de que la fotografía no era ese “algo más” de mi adolescencia. Así que, saltados los 40, probablemente culpa de la famosa crisis de edad, me encontré con el regalo de la literatura. Con ese “algo más” que yo andaba buscando sin saberlo. Y entonces escribí un pequeño texto, después un relato, y luego otro y otro más, más adelante, novelas. Gané algunos premios y publiqué y hablé ante auditorios más o menos concurridos y, durante los primeros años, insisto en que sin ser consciente, creí que había alcanzado ese “algo más”. ¡Qué ingenuo! Llegó el momento en que quise dar un paso más (yo no lo sabía, pero se trataba de mi viejo “algo más” empujando”) y quise llegar a una gran editorial, o a un gran premio, con el objetivo de que mi obra se conociera, que obtuviera reconocimiento (es importante aclarar que quería ese reconocimiento para mi obra, no para mí. Aunque pueda parecer lo mismo, no lo es). Resultó que esto último no lo conseguí. Al menos, no de momento. Pero esto no es lo importante, no es de lo que quiero hablar. Este “fracaso” me causó cierta frustración y me llevó a tomar una pausa y reflexionar. Quizá dejar de escribir como en su momento hice con la fotografía, o quizá otra cosa que no sabía todavía decidir. No sé si he llegado a una conclusión o no, pero sí me ha llevado a dar un paso más en esa búsqueda, en pos de mi “algo más”. Para empezar, me ha llevado a ser consciente de él; a recordar a aquel niño que, sin saber expresarlo, dijo que que no quería pasar por la vida sin más. Y ese “algo más”, junto al repaso de ciertas citas de Pavese y algún otro escritor, me ha llevado a pensar - a creer más bien - que ya puedo ponerle nombre a ese “algo más” que siempre ha estado ahí y no lo he sabido reconocer, que me ha hecho pasar por todos estos años para plantarse ante mí y hacerse reconocible. Se trata del arte. Así, sin más. Hoy, en estos días de reflexión, me he dado cuenta de que ese “algo más” seguirá tirando de mí y que es casi seguro de que yo nunca podré alcanzarlo. Y que, en todo caso, nunca seré capaz de saber si lo he alcanzado. Solo los demás podrán decir si alguna vez lo conseguí o no. Pero esto no es algo triste, que nadie vaya a pensar lo contrario. Al revés, es el arte el que me ha hecho llegar aquí. No se trataba de los libros de entretenimiento (a los que respeto mucho), ni de lectores en masa, ni de ninguna otra cosa que no fuera intentar acercarme al arte sin, posiblemente, conseguirlo jamás; pero siempre con él a la vista, viendo a cada paso que das cómo él se aleja otro.

No me puedo definir como escritor, mucho menos como artista; pero sí que puedo decir que lo que quiero es perseguirlo; que ese camino es donde a día de hoy creo que está mi “algo más”. Puede que me equivoque, que ese “algo más” un día decida dar un nuevo giro. No lo sé. De momento Paco el alemán ya tiene su respuesta: “Tener un trabajo, una familia y perseguir hasta alcanzar (o no) el arte.

Si llego a acercarme mucho o me separarán de él años luz, tendrán que decirlo otros.