sábado, 12 de octubre de 2019

Sobre las dimensiones de los personajes


Hacía muchísimo que no entraba por aquí. Pero ya sabes, este es un blog para reflexionar sobre la escritura y hacía mucho que no reflexionaba sobre ella. He escrito esto deprisa y corriendo, sin pararme a meditar demasiado ni a corregir. Disculpad las incoherencias, fallos y el desorden. Pero estas reflexiones prefiero hacerlas así, escupiendo. Después ya vendrá el tiempo de macerar.

Pues eso. Hola de nuevo. 

En estos días de presentaciones y charlas, hemos hablado bastante de los personajes. O igual he sido yo el que más ha hablado. De ellos y de por qué me gusta tanto crearlos. Quizá porque, sin ellos, a mí no me hubiera resultado interesante lo que he escrito. Igual, hasta es que, a través de ellos consigo conocerme más a mí y a los que me rodean. De hecho, en estos días, haciendo entrevistas laborales a candidatos, me he descubierto a mí mismo tratando de profundizar en sus porqués, en qué había detrás de sus gestos. No soy bueno para un departamento de recursos humanos. Con algunos se me encogía el corazón.

Hablando de mi última novela, "La sinagoga del agua", alguien calificó a Dante como un pagafantas. No estoy de acuerdo con esa definición, pero puedo admitirla. Igual cambiaría la palabra por "pringao". De hecho, creo que Dante no paga ni una fanta en toda la novela. Pero da igual. Vamos con Dante.

Me ha dado que pensar esa calificación. 

Y llego a la conclusión de las tres dimensiones. O más. Los personajes tienen que ser tridimensionales (como mínimo). Imaginemos a Dante o, por no hacer spoiler, a cualquier otro "pringao" real o ficticio. 

Y una vez que lo hayamos imaginado, vamos a aprender a mirarlo. A mirarlo de verdad. Obviemos ese primer vistazo (si es alto o bajo, bizco, rubio o moreno, flaco o gordo). 

Creo que todo el mundo tiene las siguientes dimensiones (o más). Una es cómo lo ven los demás. Otra es cómo cree que lo ven los demás, y otra cómo es de verdad. Podríamos añadir una "capa" más entre cómo cree que lo ven y cómo es. Esta sería como él cree que es. En realidad, puedo añadir más:

-Cómo lo vemos.
-Cómo cree que lo vemos.
-Cómo le gustaría que lo viéramos
-Como cree que es.
-Como es.


Pues ya vamos por 5 dimensiones... ¿Entiendes cuando digo que me gustan los personajes complejos?

Pensemos en nuestro pringao. Le podemos llamar Dante, como al protagonista, por qué no. 

Cómo es Dante de verdad lo dejo para las páginas del libro. Igual nadie lo sabe. Si nos fijamos en sus capas, quizá ni él mismo haya llegado tan al fondo y tampoco lo sepa. 
Prefiero empezar por arriba. De afuera a adentro. Cuando tomamos una cerveza en un bar y miramos y decimos: "Mira ese pringao". 
Hemos mirado si es flaco o gordo, bizco, rubio o moreno. Pero, en realidad, no hemos mirado una mierda.
¿Te has parado a pensar cómo cree él que lo estás viendo? ¿En que cabe la posibilidad de que él sepa (porque seguramente no es la primera vez) de que lo estás mirando como un pringao?
Ahí tienes una nueva dimensión sobre la que escribir. Ahí tienes a un personaje que ya tiene algo que decirnos. ¿Cómo le hace sentir eso? ¿Qué reacciones le provoca? 
Habríamos contestado ya a la segunda pregunta (cómo cree que lo vemos) Pero esto nos lleva a otra: (podría ser una subcapa, subdimensión...) llámalo como quieras. ¿Él piensa que de verdad es un pringao o solo cree que es como lo vemos? Lo piense, o no lo piense, nos lleva a modos de actuar y reaccionar distintos. 
Pero siempre lo llevarán a cómo le gustaría a él que lo viéramos. Es evidente que a todos nos gusta ser unos tíos enrollaos y que triunfan en la sociedad. Que nadie nos mire como pringaos sino como gente guay. ¿Qué quiere Dante? ¿Pasar desapercibido? ¿Que lo quieran? ¿Que lo admiren? ¿Su única aspiración es ser visto como el chico de Mara? ¿O lo que quiere es que Mara lo admire tanto como él a ella? 
Ante estas pregutnas, ¿cómo actúa Dante? ¿Cómo actúa cualquiera? Sé de buena tinta qué quiere Dante. Todo el que haya leído la novela lo sabe. Pero quizá hay por debajo algo más. Dante es como es, o como cree que es
Cómo cree que es: No voy a desvelar aquí cómo Dante cree que es él mismo. Que cada uno lo perciba. Solo voy a decir que lo que espera Dante es una prueba. No creáis que una gran prueba, no creáis que nada del otro mundo. Dante no es así, no busca grandes gestos. Sólo el más natural de ellos que probaría lo que tanto desea. Y esa es su piedra de Sísifo, la que lo hace moverse una y otra vez aunque sepa que sí, que en realidad es tan pringao como los demás lo ven. Aun así, insiste en empujar. Él no puede hacer otra cosa (y así es Dante en realidad).

Y, bueno, esos suelen ser mis personajes. Gente de verdad. Con sus miserias y sus bendiciones. Es verdad que me inclino más por las miserias, pero eso es porque a mí el éxito no me parece literario. Los triunfadores ya tienen su premio.   

Yo solo digo. Da igual si escribís o no. Aprended a mirar. La próxima vez que veáis a ese pringao, aprended a mirarlo. Igual resulta que el vuestro es totalmente distinto.

Pero miradlo antes. Y después ya, si eso, lo despellejáis.

Saludos y hasta no sé cuando.




domingo, 7 de abril de 2019



LA OBRA.

Así, con mayúsculas. No una obra, sino esa OBRA. La que todos anhelan. No la superventas, no la famosa; sino la OBRA, la verdadera OBRA. La de arte.
No hace falta conseguir dos. Basta con una. Siempre que sea LA OBRA.
Es como tirar dardos a una diana, como el reto de conseguir dar en el centro. Basta con alcanzarlo una vez.
Y tiras dardos y dardos y te acercas más o menos; o mucho menos. Pero vuelves a lanzar otro, y otro más. Y el siguiente. Siempre con la esperanza de impactar en el centro.
Y suelen ser dardos pesados, difíciles de lanzar, pesados de lanzar. A veces, sufridos de lanzar.
Y hay ocasiones en que piensas que para qué, que ese centro es inalcanzable; que te duele demasiado el músculo de lanzar.
Y, a pesar de todo, sacas fuerzas para un lanzamiento más.
Quizá sea esta vez.
Solo hace falta impactar una vez.

sábado, 23 de febrero de 2019



Igual el informático que escribe ha vuelto.
Igual no.
Vete a saber.
He estado muy callado durante mucho tiempo. Creo que por varios motivos. Uno de ellos es que estoy esperando la publicación de una nueva novela (aunque este me ha parecido más una excusa) Y otro (que se me ocurre ahora mismo. Ya sabes: esto siempre lo escribo sobre la marcha para que sean pensamientos y reflexiones) es que me estaba desintoxicando.
Sí, como lees. Desintoxicando.
He estado caminando mucho, y acordándome poco de la literatura; mucho menos de escribir.
Aun así, lo he estado intentando (6 manuscritos de una misma historia comenzados y vueltos a recomenzar). 
Y ahora, de repente, parece (no quiero lanzar las campanas al vuelo) que vuelve a fluir.
En cuanto me he desintoxicado de ese montón de rollos que lleva asociado, no el hecho de escribir, sino el de publicar. O ni siquiera el de publicar, sino el "mundillo". Ese mundillo endogámico de onanismo en grupo que supone, al menos en provincias, querer escribir, querer publicar querer que te lean. 
Sí, tres quereres. La frase no es la misma si le dejas solo el primero, piénsalo bien.
Siempre he dicho que la literatura es un acto solitario. Salvo excepciones, se escribe a solas. Salvo excepciones, se lee a solas. Y debería haberme hecho caso a mí mismo. 
El caso es que hace ya un tiempo que me retiré de todo eso. No tiene mérito, no vayas a creer. Tampoco me llaman para nada y no soy de meterme donde no me llaman. Así que, por una cosa o por otra, salí de todo aquello.
Y me dediqué a caminar mucho (o bastante).
Mucho para mí, en todo caso.
Y toda aquella obsesión atenazante (lo era, créeme) se ha ido diluyendo.
Y ahora vuelve a fluir. Y vuelve a ser agradable sentarse en el despacho y escribir. (Sobre todo es agradable porque fluye. Cuando no, no lo es).
Así que, mis propósitos tardíos de año nuevo son: 
No volver a caer en aquella obsesión. 
Disfrutar del momento que fluye, aprovechar si fluye; a otra cosa si no fluye.
Caminar y caminar, fluya o no fluya.
Si se publica, genial; si no, a otra cosa.
Si me llaman para el "mundillo" asistir, saludar, ser educado y simpático. Sin embargo, nunca, nunca, volverme a dejar envolver por él.
Pero si gusta lo publicado, que sea por la obra, no por mi simpatía.
Si esto último perjudica a "mi carrera literaria" decirme: ¿qué pijo carrera?
Importante: hablar solo cuando tenga algo que decir.