domingo, 1 de julio de 2018



Acaba de sorprenderme una trama que me está costando un mundo. Y eso es bueno. Eso quiere decir que, quizá empiece a abrirse a mí. 
A pesar de haber trazado el mapa, a pesar de pensar y pensar en qué le pasa, a quién le pasa. por qué le pasa. A pesar de llevar ya un año intentando desvelar esta historia, hoy, por fin, me ha sorprendido; me ha medio desvelado algo que no estaba en ningún plano, nota, pensamiento. Solo ha dejado entrever una luz, una sospecha.
Todo esto viene a que, en mi opinión, si yo mismo no me sorprendo cuando escribo; si no me emociono, si no me cuento la historia como si me la estuvieran contando; no creo que el lector se sorprenda, se emocione o se interese.
Y es que, con el más absoluto respeto a quien piense y haga lo contrario, para mí escribir es recorrer el camino. Quizá haya un destino prefijado y quizá un recorrido planeado; pero lo verdaderamente interesante, lo divertido; lo emocionante, es pillar ese desvío que de repente se presenta ante ti y que puede que te lleve a un sitio totalmente distinto.
O puede que a ningún sitio.
En tal caso habrá que desandarlo y regresar al plan inicial. Y, aún así, ya nada será igual, porque esos otros caminos siempre dan algo.
¿Conclusión de esta entrada? ¿Por qué la anoto en mis notas para recordar?
Hay que tenerlo siempre presente: Sorpréndete a ti mismo. Emociónate. Si no lo haces, ellos tampoco lo harán.


miércoles, 27 de junio de 2018



No es el primer contrato que firmo; aquel fue el de Intersecciones. Tampoco que el que más ilusión me ha hecho, mérito que tuvieron mis queridos pelícanos (Los pelícanos ven el norte). Ni el que más se ha hecho esperar (Lo que está por venir); ni mucho menos el que más claro tuve que se acabaría firmando (Cuéntame cosas que no me importe olvidar). 
Lo que sí puedo decir es que es el quinto que firmo, y sabido es que no hay quinto malo.
Eso esperamos Roca Editorial y un servidor.
En unos meses lo comprobaremos.

domingo, 24 de junio de 2018




Se me ocurre una clasificación por la que quizá alguien pueda crucificarme. Pero hoy me he levantado pensando que la cosa era así, y así lo apunto aquí para no olvidarlo:

Piensa en la literatura como si fuera una comunidad de vecinos.
La poesía es la casa de las palabras y lo comparte con el de los sonidos. Allí habitan juntos, y juntos (creo) son la parte más artística de la comunidad.

El cuento es donde viven los sucesos. Se apoyan, cómo no, en sus vecinas las palabras y, a los afortunados, también los vienen a ver de vez en cuando los sonidos. Aunque la mayoría son eso: sucesos.

Están las primas de los sucesos, que son las anécdotas, y que viven en el piso de los microrrelatos. Este piso, creo, está lejos de la poesía y a mí solo me merece la pena pasar por ahí cuando las palabras y los sonidos deciden ir a visitar a las anécdotas. Y esto, por desgracia, ocurre en raras ocasiones.

Y luego está la novela. Ese piso grande del que son dueños absolutos los personajes. Que, es verdad, como todos los demás, visitan a menudo la planta de la poesía para observar la decoración a ver qué se les pega; pero que no pueden evitar moldear todas esas palabras y sonidos en el relato de sus propias vidas y sentimientos. 

Hay personajes que se quedan a vivir en los cuentos o, peor aún, en los microrrelatos y allí no son felices. Porque no pueden conformarse conviviendo con simples sucesos o anécdotas. Esa no es su vida. Y, a veces, en algunos edificios, hacen pisos novela que solo son un suceso grande, donde los personajes no llegan a desarrollarse y, por lo tanto, tampoco son felices.

Luego, por supuesto, hay otros pisos en la comunidad Literatura. Pero a estos los he visitado menos y por eso no entran en mi reflexión.

Y, en fin, esta es mi clasificación. Aparte de la poesía, que para mí es la rama de la literatura más cercana al arte, distingo entre esa eterna pugna de qué es cuento y qué novela. Para mí no se trata de la extensión, sino del contenido y del modo de tratarlo. Microrrelato: anécdota, Cuento: suceso, Novela: personajes. 


viernes, 15 de junio de 2018



Philippe Djian (París, 1949) en este artículo de El País:

Sobre los escritores personaje:
"El escritor tiene que estar detrás de sus libros, no delante. No hace falta que se le vea".

Tan, tan, de acuerdo... Yo siempre he dicho que prefería que mis libros hablaran por mí, no yo por ellos.
 
 
"Coloco a personajes ordinarios en situaciones extraordinarias y veo como se desarrollan. Como decía Stevenson, la aventura de la novela no es la materia sino la forma".

Escritor de brújula, como a mí me gusta. Las críticas hacia mis "inicios", las dificultades para publicar, escuchar a todos menos a mi interior me hicieron dudar y sumergirme en el mundo de los mapas, esquemas, fichas; el todo atado y bien atado. No me gusta; y quizá por eso ya no fluya como antes. Claro que es muy probable que mi brújla al lado de la suya sea de todo a 100 y, entonces, pues no es lo mismo...
No obstante, ahora volver atrás me resultará muy difícil.
En cuanto a Stevenson y la forma, también lo he pensado desde siempre. Creo que todo está contado, solo cambia la forma de hacerlo. El problema con mucho de lo que se lee (y se publica) ahora es que se hace al contrario: lo importante es la materia y la forma importa un pimiento. Igual por eso se publica tantísimo.
Es cierto que esto apenas sirve para unos pocos privilegiados, para los artistas de verdad. Es un problema querer poner el énfasis en la forma y no llegar. Sin embargo, yo prefiero intentarlo (ojo, no digo que me salga).

 
"La imagen que tenía de los escritores que iban por allí era de unos viejos ridículos. Yo no quería parecerme a ellos".

No en general, diría que es excepcional, pero algunas veces me ocurre igual. No quiero ser como algunos (sí como otros).

Lo mejor de escuchar a los grandes es que te das cuenta de que a veces no vas tan descaminado.
 





miércoles, 13 de junio de 2018



Yo escribo gracias a un par de talleres. Especialmente a uno que siempre he recomendado si alguien me ha preguntado. Los talleres están bien. Es verdad que enseñan cosas que de otro modo se tardaría mucho en asimilar. Una vez dije que los talleres no son imprescindibles, lo es la lectura. Que, sin embargo, son como el zumo concentrado: condensan muchas lecturas, extraen la esencia y te la ofrecen. No obstante, nadie querría prescindir del zumo natural que es la lectura. Desde luego, un escritor no podría. Sin embargo opino que llega un momento en el que hay que prescindir de ellos (de los talleres, no de los zumos). Una vez aprendidas las escasas técnicas básicas, una vez practicadas, hay que volar en busca de tu propia esencia. 
De tu propia voz. 
Es posible e incluso probable que no la tengas y que, por lo tanto, no la encuentres; pero si la tienes y consigues hallarla; entonces es cuando empiezas a escribir de verdad. 
Escribir es un acto solitario. Estás solo cuando escribes y si tienes miedo a esa soledad, nunca podrás volar y, por lo tanto, nunca encontrarás tu voz.
Escribir es, además, un acto de persistencia; de obstinación. Y si no persistes, si no te obstinas, no podrás llegar a saber qué puedes dar.
Porque escribr es dar. Lo que tengas (no se puede pedir más). 
Pero todo lo que tengas, no te puedes guardar nada.
Y tienes que saber lo que tienes.
Y para eso, hay que volar.


lunes, 11 de junio de 2018



"El lenguaje literario era en cierto modo un intruso que intentaba pasar inadvertido entre el lenguaje común. Parte de su interés, si no todo, residía en esa capacidad no ya de ser tolerado por el sistema siendo tan diferente a él, sino de confundirse con él hasta el punto de que mucha gente, como Pedro, suponía que aprender a escribir diálogos consistía en aprender a escribir como se habla. Confundía la literatura con la vida. Quería llevar su vida (su habla) a la escritura,"
 Juan José Millás.
Lee aquí el artículo completo, es una maravilla

sábado, 9 de junio de 2018

Dice Chuck Palahniuk que si no te apetece ponerte a escribir hagas lo siguiente: pon el cronómetro en media hora y ponte a escribir. Si para cuando haya pasado esa media hora no quieres seguir, eres libre de dejarlo. Pero asegura que para entonces, muy probablemente ya te hayas enganchado y decidas continuar.
Esa pereza inmensa que sientes no es solo tuya.
Nos pasa a muchos.
Yo, por ejemplo, últimamente cojo al perro y me doy caminatas de varios kilómetros por no ponerme a escribir. Y quien me conoce sabe el inmenso volumen que alcanza esa pereza, directamente proporcional a los kilómetros recorridos.
Pero igual no es pereza y uno debería empezar a plantearse que ya ha contado todo lo que tenía que contar.
Al menos, por ahora.
En fin, enciendo el cronómetro.

viernes, 8 de junio de 2018


 
Hoy va sobre hipocresía. Lo cual quiere decir que, como siempre, va sobre verdad.
He recorrido algunos círculos literarios y una de las cosas que más me sorprendió desde el principio fue ese modo que tienen algunos autores de poner a parir a otro en los corros privados y después adularlos en público o en su presencia. Nunca supe a qué atenerme con esto y siempre pensé que si lo hacían con unos, también me tocaría a mí de vez en cuando.
Y no creas que es algo que ocurre en raras ocasiones.
No estoy hablando de falta de educación. No estoy diciendo que se le retire el saludo a nadie, ni que se le falte al respeto que todo el mundo merece, ni siquiera aunque se esté parapetado tras esta pantalla de estas redes que se prestan tanto a ello. No, el saludo no se le retira a nadie y, si no puedes decir nada bueno de alguien, lo mejor es callarte. 
Pero... ¿adularlo?.
En realidad sí creo entenderlo: nadie se quiere poner en contra a alguien que después tenga un "altavoz" con el que se le adule a él también.
Bueno, y como no quiero ir de puro, yo también he criticado en corros privados a los escritores que no me gustan, claro que sí; y no digamos de los que no me caen bien.
Pero no he ido después por ahí cepillándoles la chaqueta y, normalmente, para ser amable y hasta simpático con ellos no me ha hecho falta decir lo que no pienso.
El silencio... qué valioso es.
Por suerte, ellos tampoco me han preguntado porque es muy probable que no les importe mi opinión. ¿Por qué habría de importarles? Y, si lo hacen, pues supongo que querrán escuchar lo que pienso de verdad. Yo nunca le pregunto su opinión a nadie, incluso aunque me importe mucho, porque no quiero poner a nadie en el brete de tenerme que decir algo desagradable. Ya me la dará si quiere hacerlo.

Alguien me dijo que si destacas en lugares como Madrid o Barcelona es más por merecerlo que por llevarse bien con unos y con otros; que hay tal cantidad de opciones distintas que solo los que lo merecen se llevan la atención y que por eso no se dan estos provincianismos. 
No sé si será verdad; en todo caso, se trata de eso: de merecerlo.
Merécelo y lo demás vendrá dado.
O no.



lunes, 4 de junio de 2018



“Hubo un momento en el que me liberé, rondaba los cuarenta y me di cuenta de que no tenía sentido seguir simulando ser un novelista como los demás novelistas, que podía hacer lo mío”.


Cuenta el escritor César Aira (Coronel Pringles, 1949) que para él escribir consiste en empezar a hacerlo. No hay andamiajes que valgan ni estructuras o esquemas que guíen sus desquiciantes argumentos. Se trata simplemente de narrar, que no es poco.


http://www.publico.es/culturas/cesar-aira-alguien-compra-libro-portada-jodido.html

viernes, 25 de mayo de 2018



"El camino más noble y efectivo para hacerse un lugar en la literatura es leer y escribir bien. El resto son variaciones de la falta de pudor o cierto goce exhibicionista por el ridículo, cuestiones que siempre están ocultando una falta de verdadera voluntad creativa"
Nicolás Mavrakis
 
Yo lo dejaría como el más noble, a secas.