sábado, 9 de junio de 2018

Dice Chuck Palahniuk que si no te apetece ponerte a escribir hagas lo siguiente: pon el cronómetro en media hora y ponte a escribir. Si para cuando haya pasado esa media hora no quieres seguir, eres libre de dejarlo. Pero asegura que para entonces, muy probablemente ya te hayas enganchado y decidas continuar.
Esa pereza inmensa que sientes no es solo tuya.
Nos pasa a muchos.
Yo, por ejemplo, últimamente cojo al perro y me doy caminatas de varios kilómetros por no ponerme a escribir. Y quien me conoce sabe el inmenso volumen que alcanza esa pereza, directamente proporcional a los kilómetros recorridos.
Pero igual no es pereza y uno debería empezar a plantearse que ya ha contado todo lo que tenía que contar.
Al menos, por ahora.
En fin, enciendo el cronómetro.

viernes, 8 de junio de 2018


 
Hoy va sobre hipocresía. Lo cual quiere decir que, como siempre, va sobre verdad.
He recorrido algunos círculos literarios y una de las cosas que más me sorprendió desde el principio fue ese modo que tienen algunos autores de poner a parir a otro en los corros privados y después adularlos en público o en su presencia. Nunca supe a qué atenerme con esto y siempre pensé que si lo hacían con unos, también me tocaría a mí de vez en cuando.
Y no creas que es algo que ocurre en raras ocasiones.
No estoy hablando de falta de educación. No estoy diciendo que se le retire el saludo a nadie, ni que se le falte al respeto que todo el mundo merece, ni siquiera aunque se esté parapetado tras esta pantalla de estas redes que se prestan tanto a ello. No, el saludo no se le retira a nadie y, si no puedes decir nada bueno de alguien, lo mejor es callarte. 
Pero... ¿adularlo?.
En realidad sí creo entenderlo: nadie se quiere poner en contra a alguien que después tenga un "altavoz" con el que se le adule a él también.
Bueno, y como no quiero ir de puro, yo también he criticado en corros privados a los escritores que no me gustan, claro que sí; y no digamos de los que no me caen bien.
Pero no he ido después por ahí cepillándoles la chaqueta y, normalmente, para ser amable y hasta simpático con ellos no me ha hecho falta decir lo que no pienso.
El silencio... qué valioso es.
Por suerte, ellos tampoco me han preguntado porque es muy probable que no les importe mi opinión. ¿Por qué habría de importarles? Y, si lo hacen, pues supongo que querrán escuchar lo que pienso de verdad. Yo nunca le pregunto su opinión a nadie, incluso aunque me importe mucho, porque no quiero poner a nadie en el brete de tenerme que decir algo desagradable. Ya me la dará si quiere hacerlo.

Alguien me dijo que si destacas en lugares como Madrid o Barcelona es más por merecerlo que por llevarse bien con unos y con otros; que hay tal cantidad de opciones distintas que solo los que lo merecen se llevan la atención y que por eso no se dan estos provincianismos. 
No sé si será verdad; en todo caso, se trata de eso: de merecerlo.
Merécelo y lo demás vendrá dado.
O no.



lunes, 4 de junio de 2018



“Hubo un momento en el que me liberé, rondaba los cuarenta y me di cuenta de que no tenía sentido seguir simulando ser un novelista como los demás novelistas, que podía hacer lo mío”.


Cuenta el escritor César Aira (Coronel Pringles, 1949) que para él escribir consiste en empezar a hacerlo. No hay andamiajes que valgan ni estructuras o esquemas que guíen sus desquiciantes argumentos. Se trata simplemente de narrar, que no es poco.


http://www.publico.es/culturas/cesar-aira-alguien-compra-libro-portada-jodido.html

viernes, 25 de mayo de 2018



"El camino más noble y efectivo para hacerse un lugar en la literatura es leer y escribir bien. El resto son variaciones de la falta de pudor o cierto goce exhibicionista por el ridículo, cuestiones que siempre están ocultando una falta de verdadera voluntad creativa"
Nicolás Mavrakis
 
Yo lo dejaría como el más noble, a secas.

sábado, 5 de mayo de 2018




El otro día me preguntaron si siempre escribía el mismo tipo de novelas. En aquel caso, se refería a ficción histórica. Le dije que no, que dependía de cada vez que empezaba. Esto podía suponer un pequeño inconveniente ya que el público parece esperar algo muy parecido a lo que ya encontró la última vez que leyó a un autor. Y lo veo tan lógico como lógico me resulta no ceñirme a uno de los múltiples apellidos que se le pone a la literatura (negra, histórica y un largo etcétera). 
Pero, en realidad, estuve torpe en la respuesta. 
Porque sí que es cierto que siempre escribo el mismo tipo de novela. O lo intento al menos. Escribo novela de personajes. Ese es mi sello (creo y espero). 
¿Y qué es novela de personajes? Se preguntará alguien. ¡Todas las novelas tienen personajes! 
Pues (y esta es mi definición y no tiene por qué coincidir con la de nadie más), es la novela que se centra más en los personajes que en las situaciones o acciones; en sus miedos, sus fobias, sus alegrías, sus relaciones, su sufrimiento y su alegría; las novelas que, independientemente del contexto histórico, estén en medio de una investigación criminal o viajando a través del tiempo, se centran en la gente real. En sus pasiones y aversiones, en sus vilezas y en sus noblezas. 
O sea que corrijo mi respuesta: Sí, es verdad, siempre escribo el mismo tipo de novela. Lo que cambio son los escenarios.
Novelas de personajes. O, mejor todavía: de gente común.

jueves, 19 de abril de 2018

Cuento en este blog mucho de lo malo de escribir; pero a veces también se dan cosas buenas. Y no sería honesto que estas me las guardara para mí solo. Aquí va una.

El club de lectura de Albatana hizo esto mientras leía "Lo que está por venir"
Uno de los principales lemas que siempre me he aplicado desde que lo leí es el siguiente: "Piensa siempre que el lector es más inteligente que tú".
Y así, lo he hecho. Sí, este que escribe, el mismo que hace unas entradas decía que no pensaba en el lector al escribir. Pues en esto sí.
Y es verdad que quizá por eso haya momentos en los que alguna de mis novelas pueda ser un tanto complicada. Nada grave, se entiende si se presta atención. Y eso es lo importante: prestar atención, no esperar que te lo den todo mascado como si estuvieras tragándote una de esas películas alemanas con las que ahora nos obsequia TVE en las sobremesas de los fines de semana. Es verdad que son fáciles y que a mucha gente les gusta; pero no es es lo que yo pretendo ofrecer. Yo quiero que el lector participe, que no se relaje.
Y estos días me he reafirmado en mi postura.
He estado con gente, mujeres la mayoría; algunos hombres, hablando de "Lo que está por venir". Gente sencilla de pueblos pequeños, alguna señora me confesaba que no había ido a la escuela. Gente muy alejada de los, a veces esnobs, círculos literarios de las grandes ciudades; también de los, a veces provincianos, círculos de las ciudades más pequeñas. Solo gente que vive su pueblo y participa de su pueblo. 
¿Y qué me he encontrado?
Pues, como suponía, que son más inteligentes que yo. Que sí, que tenían que prestar atención, que a ratos les costaba, pero que entendían, que eran totalmente capaces de seguir  el hilo sin necesidad de explicar una y mil veces la misma cosa. Sin necesidad, si me apuras, de explicar nada una sola vez. Tan solo mostrándoselo. 
Gente lista.
Gente sensible.
Y, para rematar, llega una señora de 80 años que me confiesa que no fue a la escuela y que le encanta participar del club de lectura de su pueblo y me dice: "Has escrito la vida". Y me lo dice alguien que sabe mucho de la vida de verdad, no de la que enseñan en las universidades. 
Igual, algún día, una de mis historias tiene una repercusión nacional y grandes halagos (igual no), pero, en todo caso, será difícil que igualen semejante piropo.



domingo, 15 de abril de 2018



No concibo el escribir como la aplicación de determinadas técnicas. Concibo la asimilación de esas técnicas al servicio de la sensibilidad. Si se está demasiado pendiente de la técnica se olvidan las sensaciones y entonces pierde todo el sentido.
Escribir desde las tripas, eso es lo que le da sentido a esto, la única posibilidad que existe de acercarse al Gran Misterio (entrada del 24/2/18). 
Claro que la técnica ayuda, pero como no le metas tripas...
Creo yo, vamos.

sábado, 14 de abril de 2018



Hablaba hace unas entradas del éxito, de qué narices es el éxito.

Ayer estuve en Navas de Jorquera, un pueblo de la entrañable Manchuela, de unos 500 habitantes. Fui allí para hablar de mi libro sí, pero también de libros, de escribir, del Museo del Prado... Y, para mi sorpresa, me encontré con un salón lleno con entre 40 y 50 personas. Es cierto que se habían juntado dos clubs de lectura, el de Cenizate y el de Navas. Aun así, haciendo números gordos, alrededor del 3 o 4% de la población estaba allí, interesándose por la literatura con un autor del que nunca antes habían oído hablar.
Dos pueblos muy pequeños, es cierto. 
Igual un salón para 300 personas en Madrid es mucho más guay. 
Esto último puede parecer mucho más exitoso.
Pues verás, no estoy de acuerdo.
Empecemos por los fríos números: En Navas de Jorquera lograron convocar en torno a la literatura al 3% de su población. Si esto lo hicieran en Madrid, los escritores llenarían estadios como si fueran estrellas de rock. Si, cuando vaya a Albacete a un acto parecido, se cumple el prorrateo, necesitaremos un local para alrededor de 4500 personas. No sé, se me ocurre la plaza de toros.
Pero no nos engañemos, todos sabemos lo que cuesta llenar 50 asientos tanto en Madrid como en Albacete.
Lo que me confirma que en Navas de Jorquera han obtenido un éxito de participación.
A ver, no estoy diciendo que no querría llenar 50 asientos en Madrid, claro que sí. Pero también os digo una cosa: si esos 50 madrileños no están tan implicados, no son tan amables, no se interesan tantísimo por el libro que TODOS han leído como esos 50 manchegos, entonces no merece la pena.
Navas de Jorquera y Cenizate son el éxito.
Y yo los felicito.


miércoles, 11 de abril de 2018





Podría decir que esta novela me cambió la vida, pero quizá sería exagerar. Lo que sí es verdad es que cambió mi modo de concebir la escritura. Fue una suerte descubrirla muy al principio, cuando aún estaba en un proceso de búsqueda frenética. Hoy esa búsqueda es mucho más calmada, gracias en parte a esta novela y a su autor. Tom Spanbauer. Aquí descubrí una forma de narrar diferente, en apariencia (engañosa) poco académica, extraída de las tripas doliera lo que doliera.
En esta novela encontré verdad.
Y a mí me mostró el camino que quería recorrer.
Mi vida sigue más o menos igual.
Pero esta novela cambió muchas cosas.

sábado, 7 de abril de 2018




- Date cuenta -digo- que entra el tal Apolo a la fragua. Vulcano y los obreros están hasta las cejas de trabajo, carbón, hierro y sudor; vamos, que no les debe de quedar ni una pizca de buen humor; entonces llega el guaperas autosuficiente y le suelta con toda naturalidad que su mujer se la está pegando con Marte. Fíjate. ¡Con Marte nada menos! -Libertad ríe ante la exclamación y eso me anima a continuar-. A Vulcano se le pone una mala leche que no veas. ¿Recuerdas su cara en el cuadro? Tiene una mirada como de ¡Qué me estás contando! Pero Apolo, que es muy suyo y muy despreocupado, pues termina la historia. Allí, delante de todo quisque. Y no veas las caras que tienen los mozos de Vulcano, como diciendo ¡Madre mía la que se va a liar!

Todo arte cuenta una historia.

Fotografía: Velazquez. La fragua de Vulcanoo. 1630. Museo del Prado.

Texto: Fragmento de "Lo que está por venir". De un servidor.