sábado, 14 de abril de 2018



Hablaba hace unas entradas del éxito, de qué narices es el éxito.

Ayer estuve en Navas de Jorquera, un pueblo de la entrañable Manchuela, de unos 500 habitantes. Fui allí para hablar de mi libro sí, pero también de libros, de escribir, del Museo del Prado... Y, para mi sorpresa, me encontré con un salón lleno con entre 40 y 50 personas. Es cierto que se habían juntado dos clubs de lectura, el de Cenizate y el de Navas. Aun así, haciendo números gordos, alrededor del 3 o 4% de la población estaba allí, interesándose por la literatura con un autor del que nunca antes habían oído hablar.
Dos pueblos muy pequeños, es cierto. 
Igual un salón para 300 personas en Madrid es mucho más guay. 
Esto último puede parecer mucho más exitoso.
Pues verás, no estoy de acuerdo.
Empecemos por los fríos números: En Navas de Jorquera lograron convocar en torno a la literatura al 3% de su población. Si esto lo hicieran en Madrid, los escritores llenarían estadios como si fueran estrellas de rock. Si, cuando vaya a Albacete a un acto parecido, se cumple el prorrateo, necesitaremos un local para alrededor de 4500 personas. No sé, se me ocurre la plaza de toros.
Pero no nos engañemos, todos sabemos lo que cuesta llenar 50 asientos tanto en Madrid como en Albacete.
Lo que me confirma que en Navas de Jorquera han obtenido un éxito de participación.
A ver, no estoy diciendo que no querría llenar 50 asientos en Madrid, claro que sí. Pero también os digo una cosa: si esos 50 madrileños no están tan implicados, no son tan amables, no se interesan tantísimo por el libro que TODOS han leído como esos 50 manchegos, entonces no merece la pena.
Navas de Jorquera y Cenizate son el éxito.
Y yo los felicito.


miércoles, 11 de abril de 2018





Podría decir que esta novela me cambió la vida, pero quizá sería exagerar. Lo que sí es verdad es que cambió mi modo de concebir la escritura. Fue una suerte descubrirla muy al principio, cuando aún estaba en un proceso de búsqueda frenética. Hoy esa búsqueda es mucho más calmada, gracias en parte a esta novela y a su autor. Tom Spanbauer. Aquí descubrí una forma de narrar diferente, en apariencia (engañosa) poco académica, extraída de las tripas doliera lo que doliera.
En esta novela encontré verdad.
Y a mí me mostró el camino que quería recorrer.
Mi vida sigue más o menos igual.
Pero esta novela cambió muchas cosas.

sábado, 7 de abril de 2018




- Date cuenta -digo- que entra el tal Apolo a la fragua. Vulcano y los obreros están hasta las cejas de trabajo, carbón, hierro y sudor; vamos, que no les debe de quedar ni una pizca de buen humor; entonces llega el guaperas autosuficiente y le suelta con toda naturalidad que su mujer se la está pegando con Marte. Fíjate. ¡Con Marte nada menos! -Libertad ríe ante la exclamación y eso me anima a continuar-. A Vulcano se le pone una mala leche que no veas. ¿Recuerdas su cara en el cuadro? Tiene una mirada como de ¡Qué me estás contando! Pero Apolo, que es muy suyo y muy despreocupado, pues termina la historia. Allí, delante de todo quisque. Y no veas las caras que tienen los mozos de Vulcano, como diciendo ¡Madre mía la que se va a liar!

Todo arte cuenta una historia.

Fotografía: Velazquez. La fragua de Vulcanoo. 1630. Museo del Prado.

Texto: Fragmento de "Lo que está por venir". De un servidor.

lunes, 26 de marzo de 2018



Una vez leí (o escuché, no sé) que hay que saber aceptar los halagos. ¿Sabes eso que te dicen "¡listo!" y tú: "no... es que era fácil" y el otro "que sí, que eres muy listo" y tú "nah, exagerao.." Pues decía que ante el halago bastaba un simple "gracias".
Yo soy un tío con suerte, recibo bastantes halagos de mis amigos. En realidad, en el fondo no me los creo demasiado, ya sabes: son mis amigos, me quieren; e intento disimularlo con ese "gracias".
¡Qué demonios! ¿No va este blog de verdad?
Tiendo a no creerme los halagos, esa es la verdad.
Y sé que eso es un gran defecto.
Pero es que obsequiar con un halago es mucho más fácil, y hasta más cómodo, que atizar con una crítica.
Será que no le tengo demasiada fe a la Humanidad.
Puestos a terminar de ser sinceros, tampoco encajo bien las críticas. Aunque también intento disimularlo.
Estas no las recibo con un "gracias", más bien con un: le echaré un vistazo o similar. Porque también soy cabezón y tengo que convencerme a mí mismo y, a priori, ya sabes: si lo hice así fue por algo.
Pero es cierto que suelo prestar más atención a estas últimas y, cuando las asimilo, las tomo como más ciertas que los primeros.
Es por eso que tanto críticas como halagos prefiero recibirlas en diferido, no cara a cara. Porque no sé muy bien cómo reaccionar excepto con ese "gracias" o un "le echaré un vistazo".
Debe de ser el mundo de la creación que, cuando te lo tocan, te están tocando algo íntimo.
 


sábado, 24 de marzo de 2018



Creo que hay que ser muy cauteloso con las ideas. Las ideas son como las personas falsas: hay que tratarlas un tiempo para calarlas. Por eso pienso que cuando llega una idea que te entusiasma, es bueno apuntarla y dejarla a un lado: ya sabemos que la recién llegada te va a engatusar de primeras. Si cuando vuelvas a ella después de un tiempo prudencial te sigue entusiasmando, quizá esa no sea de las falsas, atrévete con ella.
Pero cuidado: las ideas son muy embaucadoras, aun así podría salirte rana más tarde.
Por otra parte, las ideas son muy aprovechadas y se benefician de las demás ideas. Abrirle la puerta a una es posible que cause la entrada de otras. Y eso es bueno.
Nunca te quedes con la primera que llega, esa es la fácil. Mira entre las que intentan asomarse detrás; esas suelen ser las que tienen enjundia. 

viernes, 23 de marzo de 2018



Nunca hablo de este blog en público. Si alguien pregunta, evado la respuesta. 
Siempre me he desnudado algo cuando he escrito. Creo que, en el hecho de escribir, hay cierta actitud nudista y puede que también algo exhibicionista.
Y en este blog estoy mucho más desnudo que en cualquier relato o novela. Aquí es donde no disimulo mis carnes caídas, algún lunar con mal aspecto. Es cierto que el instinto me obliga a taparme las partes más ínimas; quizá también el decoro: la mayor parte la pienso mientras la escribo y no es malo que me frene cierto pudor (creo).
Pero nunca hablo de este blog con nadie.
Uno necesita cierta intimidad cuando está desnudo, sobre todo cuando no es asiduo al gimansio. Y aunque sabe bien que alguien puede pasar por delante de la ventana y echar un vistazo, es preferible pensar que no se rompe esa intimidad.
Igual escribir (y sigo pensando mientras escribo) es como desnudarte a solas (yo no soy capaz de escribir mientras me miran), reflejar toda esa desnudez en el papel, a veces maquillarla un poco para hacerla menos explícita, o menos hiriente, o más bella, en definitiva; después volverte a vestir y enviar esa desnudez embellecida (o no) al mundo a ver qué pasa.
O igual no.
Pero esto está quedando demasiado largo y, en todo caso, yo no hablo de este blog en público.
Y si alguien pregunta, trato de evadir la respuesta.


Creo de verdad que cada uno tiene lo que se merece. No hablo de justicia, sino de causalidad.Y tampoco hablo de catástrofes ni hechos luctuosos que nadie puede explicar con causa-efecto. 
A decir verdad, hablo de lo que habla este blog, del mundo asociado a la escritura.
Creo, de verdad, que cada uno está donde merece.
Y ahora no hablo de escribir bien o mal. O no solo de eso.
Resulta que no se trataba solo de escribir; resulta que se dan un montón de factores más. Y el que mejor domine la mayor parte de ellos tendrá más méritos que los demás.
Quizá la suerte también sea uno de esos factores, no lo sé.
Se supone que el factor básico es escribir, claro está. Pero quien pretenda dominar ese y solo ese, tendrá que ser excepcionalmente bueno para merecer cierta visibilidad. Si no quiere apoyarse en los otros factores, habrá de ser un genio. 
Y genios hay pocos.
No me gustaría que esto sonara a reproche. Me gustaría que sonara a aplauso y cierta admiración por esos que consiguen dominar un gran número de factores. Ellos lo merecen.


sábado, 17 de marzo de 2018





Hoy hace 8 años que recibí una llamada de tanteo previa al único éxito que he conseguido. Es larga la historia de esa llamada. Hasta aquello supuso una semana de incertidumbre.
Que sí, que no.
Al final fue sí y gané aquel premio gracias a haber suprimido unas cuantas "pollas". (Ya digo que la historia es larga).
Hoy, ocho años después, las cosas son muy distintas.
Dije entonces (y lo he repetido bastante, demasiado, después) que el dinero sería como un charco al sol que no tardaría en evaporarse. No era el dinero lo que más valoraba, sino la posibilidad de entrar a uno de los vestíbulos exteriores del Olimpo.
Fue cierto: el charco se evaporó pronto.
Y el vestíbulo del Olimpo también cerró. También pronto, aunque yo tardé en darme cuenta.
A veces creo, sinceramente, que hubiera sido mejor no ganar aquel premio. Seguramente no habría tardado en abandonar el zaguán de ese vestíbulo que no se ha vuelto a abrir y habría usado todo este tiempo de llamar y volver a llamar en vete a saber qué otra actividad (para quien haya seguido este blog, en cualquier otro "algo más")
Uf, cómo suena esto a fracaso.
O a quejica, vete a saber.
Pero hablábamos de verdad.
Para estas reflexiones se abrió este blog.
Para todo lo que ha supuesto el hecho de escribir.
Sin tapar nada.
Escribir como catarsis del hecho de escribir. Casi metaliteratura.
Será curioso volver aquí el año que viene, y el siguiente. A ver qué tal.



domingo, 11 de marzo de 2018





Dicen que hay escritores de brújula y escritores de mapa. Los de mapa no echan a andar sin un plano detallado de todo lo que van a encontrar en el largo camino que supone adentrarse en una novela. Los de brújula tienen una ligera idea de donde están, a donde quieren ir y parten a ver dónde les lleva su norte. 
Pienso que estos últimos son mucho más inspirados que los primeros. Pero que no se me ofenda nadie. Yo, hoy día, o soy de mapa o no soy.
Aun así, no hay nada comparable a aquella brújula que me adentraba en caminos desconocidos.

jueves, 8 de marzo de 2018



El escritor que no consiga hacer pensar, hacer llorar o hacer reír con su prosa - hacer pensar sin ponerse filósofo; hacer llorar sin ponerse sensible; hacer reír sin ponerse chabacano- esto es, el que no posea ni ternura, ni gracia, ni profundidad, es inútil que se pudra en Salmántica preparándose para el éxito. Pepín Rivero. Escritor cubano.