sábado, 3 de febrero de 2018






Y ya que mencionas el éxito, pregúntate por él. Piensa en dos novelas que has leído y que tienes en mente. Una de ellas tiene un lenguaje trivial, nada cuidado, feo; una trama simple y unos personajes planos  y estereotipados. Es una novela y un autor con mucho público. La otra presenta un lenguaje petulante, presuntuoso, que se hace difícil de seguir, los personajes, mejor trazados que los de la primera. Ni el título ni su autor son muy conocidos. Ambos tienen sus fieles seguidores, evidentemente uno más que el otro. ¿Quién de ellos ha tenido éxito? Así, de pronto, uno estaría tentado de decir que el primero de ellos es el autor de éxito. Ahora piensa en ellos, los autores, más que en las novelas. Ambos han querido siempre escribir lo que escriben y cómo lo escriben. El anhelo del primero siempre ha sido tener más público que literatura, el del segundo poseer un lenguaje florido. Los dos, cuando leen sus propios libros, sienten ese orgullo íntimo, esa satisfacción del trabajo bien hecho. 
¿No crees ahora que los dos han tenido éxito?
¿Es el éxito triunfar ante miles de personas? ¿Que te señalen por la calle? ¿Que te pidan autógrafos? ¿Es, quizá, ser aclamado por la crítica a pesar del gran público? ¿O podría encontrarse más bien en esa satisfacción íntima?

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